¿Quien tiene derecho a interpretar La Biblia?
Parte I · Entrega Dos
La convicción sincera no es lo mismo que la verdad.
En la primera entrega comenzamos con una pregunta que parecía bastante sencilla: si dos cristianos leen la misma Biblia y llegan a conclusiones contradictorias, ¿quién decide cuál interpretación es correcta? Esa pregunta nos llevó al corazón de una de las diferencias más profundas entre católicos y protestantes: la autoridad. Hablamos de la inspiración de la Escritura, de la diferencia entre la Palabra de Dios y nuestra interpretación de ella, del canon bíblico, de la Tradición apostólica y de lo que sola Scriptura realmente afirma cuando se presenta en su forma más seria.
Pero todavía quedaba una respuesta posible. Tal vez no necesitamos una autoridad externa que pueda corregir nuestra interpretación. Tal vez, si una persona busca sinceramente a Dios, ora, estudia la Biblia y pide la guía del Espíritu Santo, Dios mismo le dará el discernimiento necesario para reconocer la verdad. Entiendo por qué esa respuesta resulta tan atractiva. Después de todo, el cristianismo no es simplemente un ejercicio académico. Creemos en un Dios vivo. Creemos en el Espíritu Santo. Creemos que Dios guía, ilumina, corrige y transforma a su pueblo. Entonces, ¿por qué no confiar en el discernimiento que Él nos da?
El problema no es creer que Dios puede guiarnos. El problema aparece cuando damos un paso más y asumimos que nuestra certeza de haber sido guiados por Dios demuestra que nuestra interpretación es correcta.
Porque cristianos sinceros oran, estudian la Biblia y buscan la voluntad de Dios. Y cristianos sinceros llegan, aun así, a conclusiones teológicas incompatibles entre sí. Un cristiano puede estar profundamente convencido de que el bautismo regenera, mientras otro está igualmente convencido de que es solamente un símbolo. Uno puede creer que la Eucaristía es verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, mientras otro lee los mismos textos y concluye que Cristo hablaba de manera simbólica. Uno puede creer que un cristiano puede perder la salvación; otro puede creer que eso es imposible.
No todas esas conclusiones pueden ser verdaderas al mismo tiempo y en el mismo sentido. Y eso nos obliga a reconocer algo incómodo:
La sinceridad de una convicción no garantiza la verdad de su contenido.
Eso aplica al protestante, aplica al católico y también aplica a mí. Por eso esta segunda entrega va más allá de preguntar quién interpreta la Biblia. Ahora tenemos que preguntar cómo ponemos a prueba una interpretación. ¿Qué hacemos cuando alguien afirma haber recibido discernimiento de Dios? ¿Cómo distinguimos entre una posibilidad bíblica y una conclusión que realmente ha sido demostrada? ¿Jesús dejó únicamente un texto inspirado, o también estableció una autoridad visible encargada de enseñar? ¿Qué encontramos en el Nuevo Testamento acerca de la transmisión de esa autoridad? ¿Qué encontramos en los primeros cristianos?
Y, por supuesto, tenemos que hablar de Pedro: de la roca, de las llaves, del poder de atar y desatar, de la orden de fortalecer a sus hermanos y de la comisión de apacentar las ovejas de Cristo. Ninguno de esos elementos, por sí solo, nos permite saltar directamente a “por lo tanto, el catolicismo tiene razón.” Ese no es el tipo de apologética que quiero hacer aquí. Pero tampoco podemos descartarlos simplemente porque una conclusión católica nos incomode. Tenemos que examinarlos.
Y tenemos que hacerlo aplicando a nuestros propios argumentos el mismo estándar que exigimos de los argumentos de los demás. Porque esta investigación nunca ha sido solamente sobre quién puede citar más versículos. Se trata de algo mucho más fundamental: ¿cómo sabemos cuándo nuestra interpretación de la Biblia corresponde realmente a la verdad que Dios reveló?
Y quizá la pregunta más incómoda de todas:
Si estoy equivocada, ¿qué podría corregirme?
Con esa pregunta comienza la segunda entrega.
IV. “Discernimiento dado por Dios”: ¿la sinceridad garantiza la verdad?
Hay una respuesta que aparece con frecuencia cuando hablamos de autoridad e interpretación: “Yo no dependo solamente de mi propia interpretación. Le pido a Dios discernimiento.” Y quiero tomar esa respuesta en serio, porque como cristiana creo en la guía del Espíritu Santo. Creo que Dios puede iluminar nuestra inteligencia, formar nuestra conciencia, llevarnos al arrepentimiento y ayudarnos a reconocer la verdad. El problema no está en creer que Dios guía. El problema aparece cuando convertimos nuestra experiencia de esa guía en una garantía de que no podemos estar equivocados.
Pensemos en algo muy sencillo. Dos cristianos pueden orar sinceramente antes de leer el mismo pasaje de la Biblia. Ambos pueden pedirle al Espíritu Santo que los guíe. Ambos pueden estudiar, reflexionar y terminar convencidos de haber entendido correctamente el texto. Y aun así, pueden llegar a conclusiones contradictorias. Si uno concluye que el bautismo regenera y el otro que no; si uno concluye que Cristo está verdaderamente presente en la Eucaristía y el otro que el pan y el vino son solamente símbolos; si uno cree que la salvación puede perderse y el otro cree que eso es imposible, la sinceridad de ambos no puede convertir dos proposiciones contradictorias en verdad.
Esto no significa que uno de ellos esté mintiendo acerca de su experiencia espiritual. Tampoco significa necesariamente que alguno esté actuando de mala fe. Significa algo mucho más ordinario y mucho más incómodo: los seres humanos podemos estar sinceramente convencidos y sinceramente equivocados al mismo tiempo.
Y esto no es un problema exclusivamente protestante. Sería bastante conveniente para mí convertirlo en uno, pero no sería honesto. 😂 Un católico también puede decir: “Sentí que Dios me dijo esto”, “sé que la Virgen me está guiando”, “el Espíritu Santo puso esto en mi corazón”, y estar interpretando equivocadamente una experiencia, una emoción, una coincidencia o incluso un impulso genuinamente religioso.
La pregunta, entonces, no puede ser solamente: “¿Lo creo sinceramente?” Tiene que ser también: “¿Cómo sé que mi interpretación de lo que experimenté es correcta?”
La Escritura no nos dice que creamos toda afirmación espiritual
Curiosamente, la misma Biblia anticipa este problema. Primera de Juan no les dice a los cristianos que acepten toda afirmación espiritual simplemente porque parece sobrenatural o porque la persona que la hace está convencida de ella. Al contrario: “no crean a cualquier espíritu, sino examinen los espíritus para ver si son de Dios” (1 Jn 4,1).
San Pablo presenta un equilibrio parecido en 1 Tesalonicenses 5,19-21. No debemos apagar el Espíritu ni despreciar las profecías, pero tampoco debemos aceptarlo todo sin examen: hay que examinarlo todo y quedarse con lo bueno.
Ese equilibrio importa. El discernimiento cristiano no es cinismo. No tenemos que comenzar suponiendo que toda experiencia espiritual es falsa, que toda persona que cree haber recibido una inspiración está engañada o que lo sobrenatural es imposible. Pero el discernimiento cristiano tampoco es credulidad. Que algo se presente como espiritual no significa que quede exento de ser examinado.
Y aquí aparece una dificultad importante. Si yo digo que mi interpretación es correcta porque el Espíritu Santo me dio discernimiento, ¿cómo puedo poner a prueba esa afirmación? Si otra cristiana dice exactamente lo mismo y llega a una conclusión incompatible con la mía, no podemos resolver la diferencia diciendo simplemente que ambas seguimos al Espíritu Santo.
Tenemos que volver a la evidencia.
Tenemos que examinar el texto.
Tenemos que revisar nuestras premisas.
Tenemos que considerar la posibilidad de que una de nosotras, o incluso ambas, hayamos interpretado algo incorrectamente.
Porque invocar al Espíritu Santo no convierte automáticamente mi interpretación en la interpretación del Espíritu Santo.
Los católicos también tenemos que poner a prueba las afirmaciones espirituales
Supongamos que alguien me dice que se le apareció la Santísima Virgen María y le dio un mensaje. Mi respuesta católica no es:
“¿La Virgen? ¡No se diga más! Te creo.”
😂
El catolicismo no exige eso.
La Iglesia distingue entre la Revelación pública, que alcanza su plenitud definitiva en Cristo, y las llamadas revelaciones privadas. Estas últimas no pertenecen al depósito de la fe y no tienen la función de mejorar, completar o reemplazar la Revelación definitiva de Cristo.
Y todavía más importante para nuestra conversación: las supuestas manifestaciones sobrenaturales también son objeto de discernimiento.
La Iglesia puede investigar el contenido doctrinal de un supuesto mensaje, los frutos espirituales asociados con él, las circunstancias que rodean el fenómeno y la posibilidad de que existan elementos humanos, psicológicos, manipulativos o incluso fraudulentos. Y aun cuando una autoridad eclesial permita prudentemente una determinada devoción, eso no significa necesariamente que haya declarado con certeza que el fenómeno tuvo un origen sobrenatural ni que todos los católicos estén obligados a creer en él.
Esto importa muchísimo para nuestro análisis porque elimina una falsa dicotomía. No tenemos que elegir entre:
“Todo lo que parece sobrenatural viene de Dios”
y
“Todo lo sobrenatural es falso.”
Existe una tercera posibilidad, profundamente cristiana:
examinar.
La posibilidad no demuestra la identidad
Ahora llegamos a uno de los movimientos argumentativos más importantes de esta serie.
Segunda de Corintios 11,14 advierte que Satanás puede disfrazarse como ángel de luz. Esa advertencia es bíblica y debe tomarse en serio. Establece una posibilidad teológica real: algo que parece espiritualmente bueno puede ser engañoso.
Pero observemos qué sucede si avanzamos demasiado rápido.
Tenemos una premisa:
Satanás puede disfrazarse como ángel de luz.
Y después llegamos a una conclusión:
Por lo tanto, esta aparición mariana en particular es Satanás.
Entre esas dos afirmaciones falta algo.
La primera establece una posibilidad.
La segunda identifica un caso particular como cumplimiento de esa posibilidad.
Y la existencia de la primera no demuestra automáticamente la segunda.
Puedo decir que una persona es capaz de mentir. Eso no demuestra que la afirmación específica que acaba de hacer sea mentira. Puedo demostrar que existen documentos falsificados. Eso no demuestra que el documento que tengo enfrente sea falso. Puedo demostrar bíblicamente que existe el engaño espiritual. Eso no demuestra, por sí solo, que una experiencia espiritual específica sea un engaño demoníaco.
Para llegar a esa conclusión necesitamos evidencia adicional.
La posibilidad no es evidencia de identidad.
Un patrón bíblico también tiene que demostrarse
Esto se vuelve todavía más importante cuando comenzamos a construir patrones. La Biblia está llena de ellos. Adán y Cristo. La Pascua y la Cruz. El Éxodo. El templo. El sacrificio. El reino davídico. Promesa y cumplimiento. Reconocer conexiones entre textos, símbolos y acontecimientos forma parte de la lectura cristiana de la Escritura.
Pero que existan patrones bíblicos verdaderos no significa que cualquier cadena de conexiones que podamos construir sea necesariamente un patrón bíblico verdadero.
Podemos comenzar con una afirmación bíblica. Después conectar esa afirmación con otra. Luego añadir un acontecimiento moderno, una imagen, una aparición, una teoría tecnológica, otro pasaje profético y finalmente una conclusión acerca del Anticristo. Cada elemento de la cadena puede existir individualmente.
Eso todavía no demuestra las conexiones entre ellos.
Si nuestro argumento funciona así:
A → B → C → D → E
no basta con demostrar que A, B, C, D y E existen.
También tenemos que demostrar las flechas.
Ese es uno de los errores más fáciles de cometer cuando una teoría comienza a sentirse coherente. Una vez que vemos el patrón, cada nueva pieza parece encajar. Y cuanto más encaja, más difícil se vuelve imaginar que la estructura misma pueda estar equivocada.
Pero una historia puede ser internamente coherente y seguir siendo falsa.
La coherencia importa.
La evidencia importa más.
Cuando una teoría ya no puede ser corregida
Aquí llegamos a otro problema. ¿Qué sucede cuando una teoría está construida de tal manera que absolutamente nada puede contar como evidencia en su contra?
Si algo ocurre como esperaba, confirma la teoría.
Si no ocurre, eso también confirma la teoría porque “el engaño cambió”.
Si alguien está de acuerdo, entiende lo que está pasando.
Si alguien no está de acuerdo, su desacuerdo demuestra que ha sido engañado.
Si una autoridad religiosa contradice la teoría, eso demuestra que la autoridad forma parte del engaño.
Si la evidencia histórica no coincide, entonces la historia fue manipulada.
Si una objeción parece fuerte, precisamente por eso debe ser parte de la estrategia del enemigo.
En ese momento hemos creado un sistema extraordinariamente difícil de corregir porque toda evidencia posible termina siendo absorbida como confirmación.
El problema no es solamente que la teoría pueda ser falsa.
El problema es que hemos eliminado la posibilidad de descubrirlo.
Y aquí la pregunta que debemos hacernos no es:
“¿Puedo imaginar una manera de explicar esta objeción?”
Los seres humanos somos increíblemente buenos para eso.
La pregunta es:
“¿Existe alguna evidencia que, si la encontrara, me obligaría a reconsiderar mi conclusión?”
Si la respuesta es no, entonces quizá ya no estamos investigando.
Quizá estamos protegiendo una conclusión.
¿Qué sucede cuando elimino toda posibilidad de corrección externa?
Las instituciones pueden equivocarse. Los académicos pueden equivocarse. Los teólogos pueden equivocarse. Los pastores pueden equivocarse. Los sacerdotes y los obispos pueden equivocarse. Ninguna de esas observaciones debería sorprendernos.
Pero si respondo a la falibilidad de todas las demás autoridades eliminándolas una por una hasta que solamente queda mi propia interpretación, no he eliminado el problema de la falibilidad.
Solamente he colocado a una persona falible en la cima.
A mí.
Y aquí es donde tengo que ser completamente coherente con lo que estoy diciendo. Yo estudio. Leo. Investigo. Comparo fuentes. Tengo convicciones teológicas fuertes. Y aun así:
No confío lo suficiente en mí misma como para convertir a Ollinka Equihua en la autoridad docente final del cristianismo.
😂
No porque piense que soy incapaz de razonar. Todo este proyecto depende precisamente de que usemos la razón. Sino porque sé que puedo malinterpretar un texto, recordar mal un dato, encontrar convincente un argumento débil, heredar una presuposición que nunca examiné o simplemente querer demasiado que una conclusión sea verdadera.
Y si eso es posible para mí, también es posible para cualquier otra persona.
La pregunta que tengo que hacerle a ella y a mí misma
A lo largo de esta serie vamos a examinar afirmaciones muy serias: que el catolicismo no es cristianismo, que la doctrina católica de la salvación contradice la Biblia, que la veneración católica es idolatría, que la Iglesia alteró los Diez Mandamientos, que creó el islam, que María está vinculada con Satanás y con un futuro engaño del Anticristo, y que los católicos deben, por lo tanto, “salir de la Iglesia Católica.”
No quiero responder a esas afirmaciones diciendo simplemente:
“Eso está mal porque soy católica.”
Pero tampoco quiero aceptar que una afirmación queda demostrada porque alguien está profundamente convencido de haber recibido discernimiento para verla.
La pregunta que tengo que hacerle a la persona cuyo argumento estoy examinando es la misma que tengo que hacerme a mí:
¿Qué podría demostrarte que estás equivocada?
Si la respuesta es “nada”, tenemos un problema.
Si ninguna evidencia histórica pudiera cambiar nuestra interpretación, si ningún análisis del texto pudiera corregirla, si ninguna contradicción pudiera contar en su contra y si toda objeción pudiera reinterpretarse como prueba de que el engaño es todavía más profundo, entonces ya no estamos permitiendo que la verdad nos corrija.
Estamos protegiendo nuestra certeza.
La convicción no es autoridad
La convicción puede ser profunda.
Puede ser sincera.
Puede nacer de años de oración.
Puede sentirse absolutamente segura.
Y aun así, la convicción no es autoridad.
Por eso, a partir de aquí, vamos a seguir distinguiendo cuatro cosas que pueden parecer similares cuando hablamos de teología, pero que no son idénticas:
Lo que la Escritura dice explícitamente. Lo que interpretamos que significa. Lo que la evidencia histórica puede establecer. Y lo que inferimos a partir de todo lo anterior.
Una buena argumentación cristiana puede reunir las cuatro.
Pero una argumentación honesta también debe permitirnos reconocer cuándo hemos pasado de una a otra.
Porque si realmente creemos que Dios es la Verdad, entonces no tenemos que tenerle miedo a una pregunta capaz de corregirnos.
Y eso nos lleva directamente al siguiente problema:
Si mi interpretación no puede convertirse simplemente en la autoridad final, ¿dejó Cristo alguna autoridad capaz de enseñar y preservar la fe después de los apóstoles?
V. ¿Dejó Cristo una autoridad docente?
Si mi interpretación de la Biblia puede estar equivocada, incluso cuando oro sinceramente y busco la guía del Espíritu Santo, entonces aparece inevitablemente otra pregunta: ¿dejó Cristo alguna autoridad capaz de enseñar, preservar y resolver disputas acerca de la fe?
Para un católico, la respuesta parece obvia: la Iglesia. Pero precisamente por eso no quiero comenzar suponiendo que la respuesta católica es correcta. Decir “la Iglesia tiene autoridad porque la Iglesia dice que tiene autoridad” sería circular y no nos llevaría muy lejos. 😂 La pregunta que tenemos que hacer es anterior: ¿encontramos en el Nuevo Testamento evidencia de que Cristo realmente confirió autoridad docente a personas concretas dentro de una comunidad visible?
Y cuando hacemos esa pregunta, encontramos algo que merece ser examinado.
“El que los escucha a ustedes, me escucha a mí”
En Lucas 10,16, Jesús les dice a quienes envía:
“El que los escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me rechaza a mí.”
Eso es bastante fuerte.
No significa que cada palabra pronunciada por cualquier líder cristiano se convierta automáticamente en Palabra de Dios. Tampoco significa que quienes reciben autoridad de Cristo se vuelvan impecables, omniscientes o incapaces de cometer errores.
Pero sí nos muestra algo importante: Jesús puede conferir verdadera autoridad a representantes humanos sin dejar de ser Él la autoridad última.
Esa distinción va a importar muchísimo.
Porque a veces hablamos de autoridad como si solamente existieran dos posibilidades: o Dios tiene autoridad o una institución humana la tiene. Pero el cristianismo ya presupone que Dios puede actuar mediante instrumentos humanos. Los profetas son humanos. Los apóstoles son humanos. Los autores de los libros bíblicos son humanos. La existencia de una autoridad humana delegada no compite necesariamente con la autoridad divina.
La pregunta es si Cristo realmente estableció algo así para su Iglesia.
“Enséñenles a cumplir todo lo que les he mandado”
En Mateo 28, después de la Resurrección, Jesús envía a los apóstoles a hacer discípulos de todas las naciones, bautizándolos y enseñándoles a cumplir todo lo que Él les había mandado. Después añade una promesa extraordinaria: estará con ellos todos los días hasta el fin del mundo.
Una vez más, no quiero hacer que un solo pasaje cargue con todo el peso de una doctrina posterior. Mateo 28 no contiene un tratado completo sobre el Magisterio. Pero tampoco describe una comunidad cristiana en la que la enseñanza apostólica sea irrelevante una vez que alguien posee un texto bíblico.
Cristo envía personas a enseñar.
Y esa enseñanza forma parte de la misión que Él mismo les confía.
“Díselo a la Iglesia”
Mateo 18 nos presenta otra pieza interesante. Jesús describe un conflicto entre creyentes y establece una progresión: primero hablar con la persona, después llevar testigos y, si el problema continúa, “díselo a la Iglesia.”
Aquí hay algo que vale la pena observar.
Para que una instrucción como esa tenga sentido, “la Iglesia” tiene que significar algo más que una realidad espiritual invisible que cada persona define individualmente. Tiene que existir alguna comunidad reconocible capaz de escuchar una controversia y emitir un juicio que tenga consecuencias reales.
Inmediatamente después aparece nuevamente el lenguaje de atar y desatar.
Todavía no vamos a decidir exactamente todo lo que esa expresión significa. Llegaremos a eso cuando hablemos de Pedro. Pero por ahora basta con observar que el Nuevo Testamento no presenta a la Iglesia simplemente como un grupo de individuos que leen la Biblia de manera independiente y después conservan sus propias conclusiones cuando existe una disputa.
Existe una dimensión comunitaria.
Existe una dimensión docente.
Y existe una dimensión de autoridad.
Hechos 15: cuando los cristianos no están de acuerdo
Si queremos ver cómo funciona esto en la práctica, Hechos 15 es probablemente uno de los ejemplos más importantes.
La Iglesia primitiva enfrenta una controversia teológica enorme: ¿los gentiles que se convierten a Cristo deben circuncidarse y guardar la Ley de Moisés para ser salvos?
No estamos hablando de una preferencia litúrgica ni de un detalle secundario.
Estamos hablando de salvación, alianza, identidad cristiana y de la relación entre el Evangelio y la Ley.
Y los cristianos no estaban de acuerdo.
Entonces, ¿qué hacen?
No encontramos a cada congregación resolviendo el asunto de manera completamente independiente. Pablo y Bernabé suben a Jerusalén. Los apóstoles y los presbíteros se reúnen. Hay discusión. Pedro habla. Pablo y Bernabé presentan lo que Dios ha hecho entre los gentiles. Santiago interviene. La Escritura entra en la deliberación. Finalmente, se formula una decisión y se envía a las comunidades.
Y la carta contiene una frase extraordinaria:
“El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido…”
(Hch 15,28)
Pensemos en lo que eso significa.
La Iglesia primitiva enfrenta una controversia doctrinal, delibera comunitariamente bajo liderazgo apostólico y después comunica una decisión como algo que las comunidades deben recibir.
Hechos 16,4 incluso nos dice que Pablo y Timoteo transmitían a las ciudades las decisiones tomadas por los apóstoles y los presbíteros en Jerusalén para que las observaran.
Eso no demuestra automáticamente cada afirmación católica acerca de concilios, obispos o autoridad magisterial.
Pero sí crea un problema para cualquier modelo de cristianismo en el que la autoridad doctrinal visible sea completamente ajena al Nuevo Testamento.
Porque aquí está.
Pero los apóstoles iban a morir
Y aquí aparece la siguiente pregunta.
Supongamos que concedemos que los apóstoles poseían una autoridad especial porque habían sido escogidos directamente por Cristo.
Perfecto.
Pero murieron.
Entonces, ¿qué sucede después?
¿La autoridad docente desaparece con ellos?
¿Queda solamente el material escrito que eventualmente formará el Nuevo Testamento?
¿O encontramos indicios de que la enseñanza apostólica debía continuar siendo transmitida mediante personas concretas?
Segunda de Timoteo 2,2 es particularmente interesante:
“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, confíalo a personas fieles que sean capaces de enseñar también a otros.”
Miremos la estructura.
Pablo → Timoteo → personas fieles → otros.
Tenemos varias generaciones de transmisión en una sola frase.
Otra vez, no quiero exagerar lo que el texto demuestra. Pablo no dice aquí: “Estoy estableciendo toda la doctrina católica posterior de la sucesión apostólica.” 😂
Pero sí espera que aquello que él enseñó sea confiado a otras personas capaces de enseñarlo después.
La enseñanza apostólica no aparece como algo destinado a morir con los apóstoles.
Debe ser transmitida.
¿Puede un oficio continuar después de la muerte de quien lo ocupa?
Hechos 1 nos ofrece otra pieza.
Después de la muerte de Judas, Pedro se levanta entre los discípulos y argumenta que otra persona debe ocupar su lugar. Finalmente, Matías es elegido para incorporarse a los Once.
Lo que me interesa aquí no es fingir que la elección de Matías demuestra por sí sola toda la sucesión episcopal posterior.
No lo hace.
Los Doce ocupan un lugar fundacional y único en la historia de la Iglesia.
Pero el episodio sí demuestra algo conceptualmente importante: la muerte de una persona que ocupa un oficio no significa necesariamente que el oficio desaparezca con ella.
Otro puede ocupar su lugar.
Eso hace que la pregunta sobre la sucesión sea, por lo menos, una pregunta bíblicamente legítima.
Y entonces llegamos a la historia.
¿Qué encontramos después de los apóstoles?
Si la sucesión, la autoridad eclesial y el liderazgo estructurado fueran invenciones aparecidas siglos después del cristianismo original, esperaríamos encontrar una ruptura considerable entre el Nuevo Testamento y los cristianos inmediatamente posteriores.
Pero cuando comenzamos a leer a esos cristianos, encontramos algo diferente.
Cerca del final del siglo I, la Iglesia de Roma escribió a la comunidad cristiana de Corinto en una carta tradicionalmente asociada con Clemente de Roma. En los capítulos 42 al 44 de 1 Clemente, encontramos una discusión sobre los ministros establecidos por los apóstoles y sobre la continuidad de ese ministerio. El texto incluso habla de provisiones para que, después de la muerte de quienes habían sido establecidos, otros hombres aprobados continuaran su ministerio.
Eso no nos entrega de golpe toda la doctrina católica posterior de la sucesión apostólica.
Pero estamos muy cerca del período apostólico.
Y ya estamos hablando de continuidad ministerial.
Ignacio de Antioquía y una Iglesia reconociblemente estructurada
Poco tiempo después aparece Ignacio de Antioquía, escribiendo a distintas comunidades cristianas mientras viajaba hacia Roma, donde moriría como mártir.
Y la Iglesia que encontramos en sus cartas no parece una colección amorfa de creyentes sin estructura visible.
Ignacio habla del obispo, los presbíteros y los diáconos. Habla de unidad eclesial. Habla de la Eucaristía. Habla de la relación entre la comunidad y su obispo. En su Carta a los Esmirniotas, por ejemplo, vincula la celebración legítima de la Eucaristía con el obispo o con quien haya sido autorizado por él.
Otra vez, esto no significa:
“Ignacio describe exactamente la Iglesia Católica del siglo XXI, caso cerrado.”
No.
La historia no funciona así.
Las instituciones se desarrollan. El vocabulario se vuelve más preciso. Las estructuras pueden adquirir formas más definidas con el tiempo.
Pero si alguien sostiene que una Iglesia visible, sacramental, episcopal y estructurada fue inventada siglos después de los apóstoles, Ignacio se convierte en un dato histórico bastante incómodo.
Porque estamos apenas entrando al siglo II.
Ireneo y la pregunta por la verdadera enseñanza apostólica
A finales del siglo II, Ireneo de Lyon enfrenta otro problema: grupos que también afirmaban poseer la verdadera enseñanza cristiana.
¿Su respuesta?
No les dice simplemente:
“Cada quien lea la Biblia y vea qué interpretación le convence más.”
Ireneo apela a la enseñanza apostólica preservada públicamente en las Iglesias y a la sucesión de los obispos mediante la cual esa enseñanza podía rastrearse.
Esto es especialmente claro en el libro III de Contra las herejías. Frente a grupos que afirmaban poseer conocimiento secreto o interpretaciones superiores, Ireneo señala una fe apostólica pública, recibida y transmitida dentro de comunidades cristianas identificables.
Eso es históricamente importante.
No porque Ireneo sea infalible.
No lo es.
No porque vivir cerca de los apóstoles convierta automáticamente cada opinión suya en doctrina apostólica.
Tampoco.
Su importancia consiste en algo mucho más sencillo:
Ireneo nos permite observar cómo un cristiano del siglo II entendía la pregunta por la continuidad con los apóstoles.
Y su respuesta incluye Iglesia, tradición apostólica, obispos y sucesión.
La cercanía histórica no es infalibilidad
Aquí quiero hacer una pausa porque este principio va a acompañarnos durante toda la serie.
Los Padres de la Iglesia importan.
Pero no porque cada Padre tenga razón en todo.
Cuando leemos a Clemente, Ignacio, Ireneo, Justino, Tertuliano, Agustín o cualquier otro escritor antiguo, no estamos leyendo una segunda Biblia.
Estamos leyendo evidencia histórica.
Y la evidencia histórica responde preguntas distintas.
Si quiero saber qué enseñaba Jesús, los Evangelios tienen una autoridad que Ignacio no tiene.
Pero si alguien afirma que los cristianos no conocieron obispos, sucesión o una Iglesia sacramental hasta siglos después, entonces un obispo del siglo II escribiendo sobre obispos, presbíteros, diáconos y Eucaristía se vuelve tremendamente relevante.
No porque sea infalible.
Porque es temprano.
La cercanía histórica no convierte un testimonio en verdad automática.
Pero sí afecta cuánto peso puede tener cuando estamos reconstruyendo lo que existía en determinado período.
Entonces, ¿esto demuestra que la Iglesia Católica tiene razón?
Todavía no.
Y quiero decirlo claramente porque sería muy fácil llegar hasta aquí y comenzar a celebrar antes de tiempo. 😂
Hemos encontrado evidencia de autoridad apostólica.
Hemos encontrado transmisión de enseñanza.
Hemos encontrado la idea de un oficio que puede continuar después de la muerte de quien lo ocupa.
Hemos encontrado evidencia muy temprana de ministerio estructurado, episcopado y sucesión.
Todo eso hace que la afirmación católica sobre una Iglesia visible con continuidad apostólica sea históricamente seria.
Pero todavía quedan preguntas enormes.
¿Cómo se relaciona esa autoridad con la Escritura?
¿Cómo sabemos cuándo una autoridad eclesial enseña correctamente?
¿Qué sucede cuando líderes de la Iglesia pecan, se equivocan o incluso contradicen su propio testimonio?
¿Y existe dentro de esa estructura alguna autoridad particular que desempeñe una función especial de unidad?
Ahí es donde aparece una figura que hemos estado evitando deliberadamente hasta ahora.
Pedro.
Porque si queremos evaluar seriamente la afirmación católica acerca de la autoridad, tarde o temprano tenemos que enfrentarnos a la roca, las llaves y una pregunta que ha dividido a los cristianos durante siglos:
¿Qué quiso decir Jesús cuando le dijo a Simón: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”?
VI. Pedro, la roca, las llaves y el poder de atar y desatar
Tarde o temprano, cualquier investigación seria sobre la autoridad en el cristianismo tiene que llegar a Mateo 16. Es uno de esos pasajes que católicos y protestantes pueden conocer casi de memoria y, aun así, leer de maneras profundamente diferentes. Jesús pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es Él. Después les pregunta directamente: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón responde: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.”
Entonces Jesús le responde a Simón. Lo declara bienaventurado porque esa revelación no le ha venido de “la carne ni de la sangre”, sino del Padre. Después vienen las palabras que han generado siglos de discusión cristiana: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.” Y Jesús continúa: “Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 16,17-19).
La lectura católica ve aquí algo extraordinario. Simón recibe un nuevo nombre, queda relacionado de alguna manera con la roca sobre la cual Cristo edificará su Iglesia, recibe personalmente las llaves del Reino y recibe autoridad para atar y desatar. Pero si queremos argumentar con cuidado, no podemos simplemente leer todo el papado posterior dentro de estas palabras y anunciar que el debate terminó.
Tenemos que mirar cada elemento.
¿Pedro es realmente “la roca”?
Una objeción bastante conocida distingue entre las palabras griegas Petros y petra. Según una versión popular del argumento, Jesús estaría diciendo algo parecido a: “Tú eres una piedrita, pero sobre esta roca enorme, que no eres tú, edificaré mi Iglesia.” De esta manera, la roca podría identificarse con la confesión de Pedro, con su fe o con Cristo mismo, pero no con Pedro.
El problema es que la distinción lingüística no es tan sencilla.
Jesús probablemente hablaba arameo, y el nombre arameo asociado con Pedro es Kepha, que aparece preservado en el Nuevo Testamento como Cefas. En arameo, el juego de palabras no depende de dos términos distintos de la misma manera. En griego, además, petra es un sustantivo femenino, mientras que el nombre de Simón tenía que adoptar una forma masculina: Petros.
Eso no significa que la lingüística, por sí sola, haya demostrado toda la interpretación católica de Mateo 16. Pero sí significa que el argumento “Petros significa piedrita y petra significa roca enorme, por lo tanto Pedro definitivamente no es la roca” no puede cargar con todo el peso que a veces se le coloca.
Y aquí aparece nuevamente nuestra metodología.
¿Qué dice el texto?
Jesús cambia o confirma el nombre de Simón como Pedro y, en la misma frase, habla de la roca sobre la cual edificará su Iglesia.
¿Qué interpretación estamos proponiendo?
Que Pedro participa personalmente en esa imagen de la roca.
¿Qué no hemos demostrado todavía?
Todo lo que el catolicismo posteriormente afirmará acerca del papado.
Una cosa no tiene que demostrarlo todo para seguir siendo evidencia de algo.
¿Y si la roca es la confesión de Pedro?
Esta posibilidad merece ser tomada en serio. A lo largo de la historia cristiana, la roca ha sido interpretada de distintas maneras: Pedro, su confesión, su fe, Cristo mismo, o combinaciones de estos elementos.
Y no necesariamente tenemos que convertir esas posibilidades en enemigos absolutos.
Pedro acaba de confesar quién es Jesús. Esa confesión es central. Cristo es, por supuesto, el fundamento último de la Iglesia. Y si Pedro recibe una función particular, esa función existe únicamente porque Cristo se la concede.
La lectura católica no necesita afirmar:
“Pedro es la roca, por lo tanto Cristo no lo es.”
Eso sería una falsa dicotomía.
La pregunta más precisa es si, dentro de este pasaje, Jesús está otorgando a Pedro personalmente una función relacionada con la edificación y el gobierno de su Iglesia.
Y para responderla, no podemos quedarnos solamente con la palabra “roca”.
Porque Jesús todavía no ha terminado de hablar.
Las llaves cambian la conversación
Después de hablar de la roca, Jesús dice a Pedro:
“Te daré las llaves del Reino de los Cielos.”
Las llaves no son un detalle decorativo.
En la Escritura, una llave puede simbolizar autoridad delegada, y existe un pasaje del Antiguo Testamento que resulta particularmente relevante: Isaías 22.
Allí encontramos a Sebná, un funcionario de la casa real, siendo removido de su posición. Su lugar será ocupado por Eliaquim. Y Dios dice acerca de este nuevo funcionario:
“Pondré sobre su hombro la llave de la casa de David; lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá” (Is 22,22).
Ahora comparemos las imágenes.
En Isaías tenemos la casa de David, una llave y autoridad para abrir y cerrar.
En Mateo tenemos al Mesías davídico hablando del Reino de los Cielos, entregando a Pedro las llaves y hablando inmediatamente de autoridad para atar y desatar.
¿Dice Mateo explícitamente:
“Pedro es el nuevo Eliaquim”?
No.
Y no quiero fingir que lo dice.
La relación entre ambos textos es un argumento tipológico e intertextual. La pregunta es si Mateo está utilizando deliberadamente una imagen veterotestamentaria de autoridad delegada dentro del reino davídico para ayudarnos a comprender lo que Jesús entrega a Pedro.
Y esa posibilidad merece mucho más que un encogimiento de hombros.
¿Qué hacía el hombre que tenía la llave?
Aquí conviene entender mejor Isaías 22.
Eliaquim no se convierte en rey.
El rey sigue siendo rey.
La autoridad que recibe Eliaquim es delegada. La llave representa una función dentro de la casa real, una responsabilidad ejercida bajo la autoridad del monarca.
Y esa distinción ayuda muchísimo cuando hablamos de Pedro.
La afirmación católica nunca debería ser:
Pedro reemplaza a Cristo.
Eso sería teológicamente absurdo.
Cristo sigue siendo Rey.
Cristo sigue siendo cabeza de la Iglesia.
Cristo sigue siendo el Buen Pastor.
Cristo sigue siendo la autoridad última.
La pregunta es si el Rey puede delegar una autoridad real a alguien que permanece completamente subordinado a Él.
Bíblicamente, la respuesta a esa pregunta tiene que ser sí.
Ya hemos visto ese principio.
Entonces, cuando Cristo entrega las llaves, la cuestión no es si Pedro se convierte en rival de Cristo. La cuestión es:
¿Qué clase de autoridad le está delegando Cristo?
Atar y desatar
Aquí llegamos a la siguiente parte de Mateo 16:
“Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.”
Las expresiones atar y desatar tenían un contexto judío relacionado con decisiones autoritativas, especialmente acerca de lo que podía considerarse permitido o prohibido, además de dimensiones disciplinarias y judiciales.
Eso hace difícil reducir las palabras de Jesús a algo como:
“Pedro puede compartir su opinión acerca de la Biblia.”
Hay autoridad real en el lenguaje.
Pero aquí tenemos que añadir otra pieza importante. En Mateo 18,18, el lenguaje de atar y desatar aparece nuevamente y no está limitado solamente a Pedro.
Eso importa.
Si construyéramos la doctrina católica diciendo:
“Pedro tiene autoridad y los demás apóstoles no,”
Mateo 18 nos causaría un problema inmediato.
Pero esa no es la afirmación católica.
La cuestión es si puede existir autoridad apostólica compartida y, al mismo tiempo, una función particular de Pedro dentro de ella.
En Mateo 18, otros reciben autoridad para atar y desatar.
En Mateo 16, Pedro recibe algo adicional que el texto dirige personalmente a él:
las llaves.
No tenemos que borrar una cosa para reconocer la otra.
“Yo he rogado por ti”
Mateo 16 no es el único texto que llama nuestra atención hacia Pedro.
En Lucas 22, durante la Última Cena, Jesús dice:
“Simón, Simón, mira que Satanás los ha reclamado para zarandearlos como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, fortalece a tus hermanos.”
(Lc 22,31-32)
Hay un detalle interesante en el texto original. Cuando Jesús habla de Satanás queriendo zarandearlos, la forma es plural: la amenaza alcanza al grupo. Pero cuando dice “yo he rogado por ti” y encarga fortalecer a los hermanos, se dirige singularmente a Pedro.
Otra vez, quiero ser cuidadosa.
Lucas 22 no dice:
“Y aquí instituí formalmente la doctrina de la infalibilidad papal que será definida siglos después.”
😂 No.
Pero sí muestra a Cristo singularizando a Pedro dentro de una crisis que afecta a todos y dándole una responsabilidad particular hacia sus hermanos.
Eso forma parte del patrón que estamos examinando.
“Apacienta mis ovejas”
Después de la Resurrección encontramos otra escena profundamente personal entre Jesús y Pedro.
Tres veces Jesús le pregunta si lo ama.
Y tres veces le confía una responsabilidad:
“Apacienta mis corderos.”
“Pastorea mis ovejas.”
“Apacienta mis ovejas.”
La escena de Juan 21 tiene una dimensión evidente de restauración después de las tres negaciones de Pedro. Pero también contiene una comisión pastoral.
Y hay algo que no quiero perder de vista:
las ovejas siguen siendo de Cristo.
Jesús no dice:
“Ahora son tus ovejas.”
Son mis ovejas.
Pedro recibe la responsabilidad de cuidarlas.
Una vez más encontramos la misma lógica:
autoridad delegada sin desplazamiento de la autoridad de Cristo.
¿Qué hace Pedro realmente en la Iglesia primitiva?
Después podemos mirar Hechos.
Pedro toma la iniciativa cuando debe reemplazarse a Judas. Pedro predica en Pentecostés. Pedro aparece de manera prominente en los primeros milagros y en la misión de Jerusalén. Pedro recibe la visión relacionada con Cornelio y desempeña un papel decisivo en la apertura de la comunidad a los gentiles. Y cuando llegamos a la controversia de Hechos 15, Pedro habla dentro de la deliberación acerca de la circuncisión.
Nada de eso significa que Pedro actúe solo.
No lo hace.
Pablo es extraordinariamente importante.
Santiago desempeña una función importante en Jerusalén.
Los apóstoles y presbíteros deliberan juntos.
La Iglesia primitiva no parece una monarquía en la que Pedro hace absolutamente todo mientras los demás esperan instrucciones. 😂
Pero tampoco parece una comunidad en la que Pedro sea simplemente uno más y su prominencia sea accidental.
Hay un patrón.
La pregunta es cuánto puede demostrar ese patrón.
Pero Pablo corrigió a Pedro
Y aquí llega una de las objeciones que cualquier argumento católico serio tiene que enfrentar.
En Gálatas 2, Pablo cuenta que se opuso a Pedro “cara a cara” en Antioquía porque su conducta respecto a los cristianos gentiles era reprensible.
Eso ocurrió.
No tenemos que esconderlo.
Pedro actuó mal.
Y Pablo lo corrigió.
Entonces, ¿destruye eso la idea de una autoridad particular de Pedro?
Solamente si definimos autoridad de una manera que el catolicismo mismo no la define.
Autoridad no significa impecabilidad.
No significa que una persona nunca peque.
No significa que nunca tome una mala decisión.
No significa que nunca actúe hipócritamente.
No significa que nadie pueda confrontarla.
Y la doctrina católica de la infalibilidad papal tampoco significa que cada cosa que un papa diga o haga sea infalible.
Eso no es lo que afirma.
Ahora bien, tampoco quiero utilizar esa distinción como una salida fácil. Si vamos a hablar posteriormente de infalibilidad, tendremos que definir exactamente qué afirma la Iglesia, bajo qué condiciones y con qué fundamento.
Por ahora, Gálatas 2 nos permite establecer algo más sencillo:
Pedro puede tener una función particular y seguir siendo un hombre capaz de equivocarse gravemente en su conducta.
Las dos cosas no son lógicamente incompatibles.
Entonces, ¿Mateo 16 demuestra el papado?
No por sí solo.
Y creo que decirlo fortalece, en lugar de debilitar, el argumento.
Mateo 16 nos da a Pedro, la roca, las llaves y el poder de atar y desatar. Isaías 22 nos ofrece un posible trasfondo davídico para comprender la imagen de las llaves. Lucas 22 presenta a Pedro recibiendo la responsabilidad de fortalecer a sus hermanos. Juan 21 le confía una función pastoral respecto a las ovejas de Cristo. Hechos muestra su prominencia en la Iglesia primitiva.
Eso es evidencia.
Y tomada en conjunto, creo que hace muy difícil tratar la función de Pedro como si fuera irrelevante.
Pero todavía no hemos demostrado, solamente con esos textos, la sucesión papal, la jurisdicción universal del obispo de Roma, la relación exacta entre el papa y los demás obispos o las condiciones específicas bajo las cuales la Iglesia Católica afirma que un papa puede enseñar infaliblemente.
Esas son preguntas posteriores.
La evidencia no tiene que responder todas las preguntas para justificar que sigamos haciendo preguntas.
Y eso, para mí, es precisamente lo interesante.
Porque cuando juntamos lo que hemos encontrado hasta ahora, comenzamos a ver algo más grande: una Iglesia visible, autoridad apostólica, transmisión de enseñanza, continuidad ministerial, evidencia temprana de sucesión y una función particularmente destacada de Pedro.
Ninguna pieza tiene que cargar sola con todo el edificio.
Pero juntas requieren una explicación.
Y eso finalmente nos devuelve a la frase que inició toda esta investigación:
“cristianismo bíblico.”
Porque después de todo esto, tenemos que preguntar qué queremos decir realmente cuando usamos esas palabras.
Y, sobre todo:
¿quién tiene derecho a definirlas?
VII. Entonces, ¿quién tiene derecho a definir el “cristianismo bíblico”?
Después de todo este recorrido, podemos regresar a la expresión que provocó buena parte de esta investigación: “cristianismo bíblico.”
A primera vista parece una expresión bastante clara. Si somos cristianos, queremos que nuestra fe sea bíblica. Yo quiero que la mía lo sea. Supongo que la persona cuyo argumento estamos examinando también quiere lo mismo. Ningún cristiano serio debería escuchar la frase “eso no es bíblico” y responder: “Perfecto, entonces lo creo todavía más.” 😂
El problema aparece cuando utilizamos “bíblico” no solamente para describir nuestra intención de permanecer fieles a la Escritura, sino como si la palabra misma demostrara que nuestra interpretación es correcta.
Porque un bautista puede creer sinceramente que su teología es bíblica. Un presbiteriano puede decir lo mismo. Un pentecostal también. Un cristiano no denominacional puede estar profundamente convencido de que simplemente “sigue la Biblia”. Un ortodoxo puede defender su fe a partir de la Escritura. Y, sí, un católico también puede hacerlo.
Pero esas tradiciones no están de acuerdo en todo.
Entonces decir:
“Yo sigo el cristianismo bíblico”
todavía deja abierta una pregunta fundamental:
¿Qué entiendes que la Biblia enseña?
Y en el momento en que respondemos esa pregunta, ya estamos interpretando.
“La Biblia dice” y “yo entiendo que la Biblia dice”
Quiero hacer una distinción que puede parecer pequeña, pero cambia muchísimo la manera en que discutimos teología.
No siempre son idénticas estas dos afirmaciones:
“La Biblia dice…”
y
“Yo entiendo que la Biblia enseña…”
A veces la distancia entre ambas es mínima. Si digo que Jesús fue crucificado, no estoy proponiendo una interpretación teológica especialmente controvertida. El texto lo afirma.
Pero muchas de nuestras discusiones cristianas más importantes no funcionan así.
¿El bautismo regenera?
¿Puede perderse la salvación?
¿Qué significa comer la carne y beber la sangre de Cristo en Juan 6?
¿Qué quiso decir Jesús con “esto es mi cuerpo”?
¿Qué significa ser justificado por la fe?
¿Qué relación existe entre fe y obras?
¿Qué autoridad tienen los apóstoles?
¿Quién o qué es la roca de Mateo 16?
¿Qué significa atar y desatar?
¿Puede una tradición apostólica transmitirse de una manera que no dependa exclusivamente de un texto escrito?
En todos esos casos podemos citar la Biblia.
Y cristianos que discrepan de nosotros también pueden citarla.
Por eso citar un versículo no elimina automáticamente la cuestión interpretativa. A veces apenas la comienza.
Esto no significa que la Biblia pueda significar cualquier cosa
Aquí quiero evitar el extremo contrario.
Reconocer que interpretamos la Escritura no significa que todo significado sea igualmente válido. No significa que la Biblia sea un espejo en el que cada persona puede encontrar lo que quiera. No significa que no exista una verdad objetiva ni que jamás podamos saber lo que un texto significa.
Al contrario.
Precisamente porque creemos que el texto tiene un significado real, nuestras interpretaciones pueden ser mejores o peores.
Podemos leer el contexto.
Podemos estudiar el género literario.
Podemos investigar el significado de las palabras.
Podemos conocer las circunstancias históricas.
Podemos comparar un pasaje con el resto de la Escritura.
Podemos preguntar cómo fue entendido por los primeros cristianos.
Podemos descubrir que una interpretación que parecía obvia depende de una presuposición que nunca habíamos examinado.
Interpretar no destruye la objetividad.
La interpretación es el proceso mediante el cual intentamos comprender correctamente aquello que realmente está allí.
Entonces, ¿qué afirma realmente el catolicismo?
Aquí necesitamos ser especialmente precisos porque es muy fácil caricaturizar la posición católica como:
“Los protestantes siguen la Biblia y los católicos siguen la Iglesia.”
Pero esa no es la afirmación católica.
El catolicismo sostiene que la Sagrada Escritura es Palabra de Dios inspirada. Sostiene también que la Revelación confiada por Cristo a los apóstoles fue transmitida dentro de la Iglesia y que la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición pertenecen al único depósito de la Palabra de Dios confiado a ella.
Y entonces aparece el tercer elemento: el Magisterio, es decir, el oficio docente de la Iglesia.
Aquí hay una distinción importantísima.
La afirmación católica no es:
Dios habló, pero después la Iglesia obtuvo autoridad para cambiar lo que Dios dijo.
Tampoco es:
La Biblia tiene cierta autoridad, pero el Magisterio tiene más.
Dei Verbum, la Constitución dogmática sobre la divina Revelación del Concilio Vaticano II, lo dice de manera muy clara: el Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio.
Su función, según la propia afirmación católica, es escuchar, custodiar y explicar fielmente aquello que ha sido transmitido.
Ahora bien, citar Dei Verbum no demuestra que esa afirmación católica sea verdadera.
Y esto es importante.
Aquí estoy utilizando un documento oficial de la Iglesia para responder una pregunta distinta:
¿Qué afirma realmente el catolicismo acerca de su propia autoridad?
Antes de decidir si una doctrina es verdadera o falsa, por lo menos tenemos que describirla correctamente.
Escritura, Tradición y Magisterio no son tres revelaciones distintas
Otra confusión frecuente consiste en imaginar la posición católica como si existieran tres fuentes independientes:
la Biblia + un montón de tradiciones + las opiniones del papa.
😂
No es así como el catolicismo entiende su propia estructura de autoridad.
La Escritura y la Tradición están relacionadas con la transmisión de la misma Revelación apostólica, mientras que el Magisterio tiene la función de interpretarla auténticamente. No estamos hablando de tres revelaciones que compiten entre sí, sino de una afirmación acerca de cómo la Revelación de Dios fue confiada, transmitida, preservada e interpretada dentro de la vida de la Iglesia.
Eso no resuelve todavía si el modelo católico es correcto.
Pero ahora, al menos, tenemos el modelo correcto sobre la mesa.
Y solamente entonces podemos evaluarlo.
Rechazar el Magisterio no elimina la autoridad
Aquí aparece algo que me parece especialmente interesante.
Podemos rechazar la afirmación católica acerca del Magisterio. Perfecto. Pero después todavía tenemos que responder:
¿Cómo funciona la autoridad en el modelo que queda?
Porque ningún cristiano interpreta la Biblia en un vacío absoluto.
Tenemos traducciones.
Tenemos pastores.
Tenemos comentarios bíblicos.
Tenemos seminarios.
Tenemos teólogos.
Tenemos confesiones de fe.
Tenemos denominaciones.
Tenemos comunidades que enseñan determinadas doctrinas y rechazan otras.
Incluso una persona que dice “yo no sigo ninguna denominación, solamente sigo la Biblia” aprendió a leer la Biblia dentro de algún contexto lingüístico, cultural y teológico.
Eso no significa que los protestantes tengan “un papa secreto”.
No lo tienen.
😂
Tampoco significa que todas las tradiciones protestantes comprendan la autoridad de la misma manera. No la comprenden.
La pregunta es más sencilla:
Cuando dos autoridades cristianas interpretan la Biblia de manera incompatible, ¿qué determina cuál interpretación acepto?
Tal vez consulto más estudios.
Tal vez comparo argumentos.
Tal vez estudio griego.
Tal vez leo a los Padres de la Iglesia.
Tal vez oro.
Todo eso puede ser bueno.
Pero finalmente llegamos a una pregunta:
¿quién emite el juicio final?
El juicio personal no es el problema
Y aquí quiero ser justa con la posición católica también.
Ser católica no significa dejar de pensar.
No significa entregar mi cerebro en la puerta de la iglesia y recogerlo después de Misa. 😂
De hecho, cualquier persona adulta que considera convertirse al catolicismo tiene que ejercer juicio personal para decidir si cree que las afirmaciones de la Iglesia son verdaderas. Un católico puede estudiar doctrina, investigar historia, comparar interpretaciones, formular preguntas difíciles e incluso reconocer que no comprende todavía una enseñanza.
Así que la diferencia no puede ser:
Protestantes piensan por sí mismos; católicos no.
Eso sería absurdo.
La cuestión es otra.
La cuestión es qué sucede después de que mi juicio personal entra en conflicto con una autoridad que afirma haber recibido de Cristo una función docente.
Si finalmente puedo decir:
“He estudiado lo que enseña esa autoridad, pero mi interpretación personal de la Escritura es correcta y esa autoridad está equivocada”
y no existe ninguna autoridad doctrinal superior a mi propio juicio capaz de resolver la cuestión, entonces, funcionalmente, mi juicio permanece como tribunal final.
Eso no significa que yo crea ser infalible.
Puedo reconocer perfectamente que soy falible.
Pero sigo siendo yo quien decide cuál autoridad aceptar, cuál interpretación rechazar y cuándo una enseñanza externa debe ceder ante mi propia conclusión.
Y ahí reaparece la pregunta que nos ha perseguido durante toda esta Parte I:
Si estoy equivocada, ¿qué podría corregirme?
Esto tampoco significa: “No leas la Biblia”
Quiero detener otra caricatura antes de que aparezca.
Si la conclusión católica fuera que solamente el Magisterio puede interpretar la Biblia y que los católicos comunes deberían abstenerse de hacerlo, yo tendría un pequeño problema considerando que llevo no sé cuántas páginas pidiéndoles que lean la Biblia conmigo. 😂
La Iglesia no enseña eso.
Los católicos deben conocer la Escritura. Debemos leerla, estudiarla, meditarla y permitir que forme nuestra vida. La propia Dei Verbum anima de manera explícita a los fieles a acercarse a los textos sagrados.
La existencia de una autoridad docente no elimina la interpretación personal.
La coloca dentro de una comunidad de fe que afirma poseer continuidad con la enseñanza apostólica.
Podemos investigar si esa afirmación es verdadera.
Lo que no deberíamos hacer es sustituirla por una caricatura y después refutar la caricatura.
Entonces, ¿quién tiene derecho a interpretar la Biblia?
En cierto sentido, todos.
Todo cristiano que lee la Biblia la está interpretando.
Yo la interpreto.
Tú la interpretas.
Un pastor la interpreta.
Un sacerdote la interpreta.
Un teólogo la interpreta.
Un apologeta la interpreta.
La persona cuyo argumento estamos examinando también la interpreta.
Pero esa no es realmente la pregunta difícil.
La pregunta difícil es:
¿quién tiene autoridad para resolver una disputa de interpretación cuando cristianos sinceros llegan a conclusiones incompatibles?
Y todavía más profundamente:
¿dejó Cristo una autoridad docente con continuidad histórica capaz de servir a la Palabra de Dios sin colocarse por encima de ella?
La afirmación católica es que sí.
Y ahora podemos ver que esa afirmación no apareció de la nada.
Hemos encontrado autoridad apostólica en el Nuevo Testamento. Hemos encontrado decisiones doctrinales comunicadas a comunidades cristianas. Hemos encontrado transmisión de enseñanza. Hemos encontrado continuidad ministerial. Hemos encontrado testimonios cristianos muy tempranos acerca de obispos y sucesión. Hemos encontrado una función particular de Pedro que incluye la roca, las llaves, atar y desatar, fortalecer a sus hermanos y apacentar las ovejas de Cristo.
¿Eso demuestra automáticamente cada doctrina católica?
No.
Pero hace que la pregunta por la autoridad católica sea mucho más difícil de descartar con una frase como:
“Yo simplemente sigo la Biblia.”
Porque todos estamos interpretando.
La cuestión es qué ocurre cuando nuestras interpretaciones chocan.
Lo que Parte I no ha demostrado
Quiero terminar esta parte poniendo límites claros a nuestro propio argumento.
No hemos demostrado todas las doctrinas católicas.
No hemos demostrado que cada interpretación católica de la Biblia sea correcta.
No hemos demostrado toda la doctrina posterior del papado solamente a partir de Mateo 16.
No hemos demostrado que un cristiano protestante sea incapaz de interpretar correctamente la Escritura.
Y definitivamente no hemos demostrado que los católicos nunca se equivoquen. 😂
Lo que hemos hecho es algo más básico.
Hemos cuestionado la idea de que podemos definir el “cristianismo bíblico” simplemente identificando nuestra propia interpretación con la Biblia misma.
Hemos preguntado de dónde viene la Biblia que estamos interpretando.
Hemos examinado qué significa realmente sola Scriptura.
Hemos distinguido entre Revelación e interpretación.
Hemos preguntado cómo se prueba una afirmación de discernimiento espiritual.
Hemos encontrado evidencia de autoridad y continuidad dentro de la Iglesia primitiva.
Y hemos comenzado a investigar la afirmación católica de que Cristo no dejó a los cristianos solamente con un texto, sino también con una Iglesia encargada de custodiar y enseñar la fe recibida de los apóstoles.
Eso no termina la investigación.
Nos permite continuarla con mejores preguntas.
Y ahora sí podemos regresar a “Sal de ella”
Recordemos por qué estamos haciendo todo esto.
La afirmación que dio origen a esta serie no era simplemente:
“No estoy de acuerdo con algunas doctrinas católicas.”
La afirmación era mucho más grave.
El catolicismo, según el argumento que estamos examinando, se ha apartado tanto del cristianismo bíblico que pertenece al sistema del cual Apocalipsis ordena al pueblo de Dios salir.
Si vamos a evaluar una acusación de esa magnitud, no podemos permitir que la expresión “cristianismo bíblico” haga todo el trabajo sin definir quién determina lo que cuenta como bíblico y cómo sabemos que esa interpretación es correcta.
Parte I no ha demostrado que el catolicismo sea verdadero.
Ha hecho algo que necesitábamos hacer primero.
Ha puesto en juicio el estándar con el que se pretende demostrar que el catolicismo es falso.
Y ahora que ese estándar está sobre la mesa, podemos comenzar a probarlo con afirmaciones concretas.
La siguiente es una de las más importantes de toda esta serie.
La Biblia condena a una figura llamada “la Reina del Cielo.”
Los católicos llaman a María Reina del Cielo.
Entonces...
¿están los católicos venerando, bajo el nombre de María, a la misma figura pagana que condena la Escritura?
Esa es la acusación.
Y en la Parte II, vamos a examinarla.
La investigación continúa
Llegamos al final de la Parte I, pero no al final de la pregunta que inició esta serie.
Durante estas dos entregas no hemos intentado demostrar cada doctrina católica ni resolver de una vez por todas la cuestión de la autoridad cristiana. Antes de examinar las acusaciones concretas contra el catolicismo, necesitábamos detenernos en algo más fundamental: el método que utilizaremos para evaluarlas.
Porque una acusación puede incluir versículos reales, datos históricos verdaderos y preocupaciones teológicas legítimas, y aun así llegar a una conclusión que no ha sido demostrada. La presencia de evidencia no elimina la necesidad de examinar cómo esa evidencia está siendo interpretada y qué conexiones se están construyendo entre una premisa y otra.
Por eso, de aquí en adelante vamos a regresar constantemente a cuatro preguntas:
¿Qué dice explícitamente el texto?
¿Qué interpretación se está proponiendo?
¿Qué puede establecer realmente la evidencia histórica?
¿Qué conclusión estamos infiriendo a partir de todo lo anterior?
Ese estándar tiene que aplicarse en ambas direcciones. No tendría sentido exigirle precisión a un argumento protestante y después permitir que un argumento católico sobreviva solamente porque termina donde yo quiero que termine. Si una conexión es débil, tenemos que decirlo. Si una objeción es fuerte, tenemos que enfrentarla. Si una fuente no demuestra tanto como quisiéramos, no podemos pedirle que diga más de lo que realmente dice.
Y si la evidencia favorece una conclusión que nos incomoda, tendremos que estar dispuestos a seguirla también.
Porque el objetivo de esta serie nunca ha sido encontrar una manera más sofisticada de decir:
“Yo tengo razón y tú estás equivocada.”
El objetivo es descubrir si las acusaciones que estamos examinando pueden sostenerse cuando las sometemos al mismo tipo de análisis que exigiríamos para cualquier afirmación seria acerca de Dios, la Escritura y la Iglesia.
Y ahora finalmente podemos hacerlo.
En la Parte II vamos a dejar atrás, por un momento, la pregunta abstracta sobre quién interpreta la Biblia y vamos a poner nuestro método a prueba con una acusación concreta.
En Jeremías encontramos repetidas referencias a una figura pagana llamada “la Reina del Cielo.” La adoración asociada con ella es condenada.
Al mismo tiempo, los católicos han llamado durante siglos a María Reina del Cielo.
La semejanza verbal es evidente.
Pero una semejanza verbal todavía no es una identidad.
Así que tendremos que preguntar: ¿quién era la “Reina del Cielo” condenada por Jeremías? ¿Qué estaba haciendo el pueblo que provocó aquella condena? ¿De dónde proviene el lenguaje cristiano acerca de la realeza de María? ¿Qué significa realmente cuando los católicos la llaman Reina? ¿Existe continuidad histórica o teológica entre ambas figuras? ¿O estamos conectando dos cosas diferentes porque comparten un título?
Y quizá la pregunta más importante:
¿qué evidencia necesitaríamos para demostrar que realmente estamos hablando de la misma figura?
No vamos a comenzar suponiendo que la acusación es absurda.
Tampoco vamos a comenzar suponiendo que es correcta.
Vamos a abrir la Biblia.
Vamos a mirar la historia.
Vamos a definir cuidadosamente lo que afirma cada lado.
Y después vamos a examinar las flechas.
Porque si vamos a decirle a otro cristiano que una creencia es falsa, idolátrica o incluso capaz de apartarlo de Cristo, deberíamos estar muy seguros de que la evidencia realmente puede sostener una acusación de ese peso.
A continuación en ¿Sal de ella?
Parte II · ¿Es María la “Reina del Cielo”?
Mismo título. ¿Misma figura?
Eso es lo que vamos a investigar.
Continúa la investigación
Esta edición escrita amplía varios temas que en el episodio solamente pudimos explorar de manera más breve. Si quieres revisar las fuentes, comprobar el contexto o continuar investigando por tu cuenta, he reunido la documentación por separado.
Mi intención no es pedirte que aceptes una conclusión porque yo la presento. Al contrario: quiero darte las herramientas para que puedas examinar la evidencia tú misma.
Citaciones y bibliografía
Este documento reúne las fuentes utilizadas para la investigación original del episodio, incluyendo las afirmaciones que estamos examinando, las referencias bíblicas, las fuentes históricas y el material consultado durante el desarrollo de esta entrega.
Fuentes adicionales y notas de investigación
La edición escrita profundiza en varios temas más allá del contenido original del episodio. Este documento reúne las fuentes adicionales utilizadas para esas ampliaciones, incluyendo el discernimiento de fenómenos espirituales, la autoridad docente, la sucesión apostólica, los primeros cristianos, Pedro, las llaves y el significado de atar y desatar.
También encontrarás notas que distinguen cuidadosamente entre lo que una fuente puede establecer, lo que puede apoyar razonablemente y lo que no demuestra por sí sola.
Las dos colecciones cumplen funciones distintas. La primera documenta la investigación detrás del episodio original. La segunda documenta el trabajo adicional realizado para esta edición escrita.
Juntas permiten seguir el argumento hasta sus fuentes y, cuando sea necesario, cuestionarlo.
Porque ese es precisamente el punto.
No quiero que me creas solamente porque lo digo yo.
Quiero que abras las fuentes, leas el contexto, compares las interpretaciones y decidas si el argumento realmente se ha ganado su conclusión.
Cuaderno de Estudio
No te limites a leer el argumento. Ponlo a prueba.
Esta Parte I nos ha llevado por preguntas difíciles sobre interpretación, discernimiento, autoridad y la manera en que determinamos si una conclusión teológica realmente está respaldada por la Escritura y la evidencia.
El Cuaderno de Estudio de la Parte I · Entrega Dos es una invitación a detenerte y trabajar esas preguntas por tu cuenta.
No es un resumen del ensayo ni una guía con las “respuestas católicas correctas”. Encontrarás pasajes bíblicos para examinar, argumentos para desglosar, distinciones que vale la pena hacer y espacios para identificar tus propias presuposiciones. También tendrás la oportunidad de representar con justicia una postura con la que no estás de acuerdo antes de intentar responderla.
Y una de las preguntas más importantes no será solamente:
“¿Me convence este argumento?”
sino:
“¿Qué tendría que encontrar para estar dispuesta a cambiar de opinión?”
Porque la apologética no debería enseñarnos solamente a defender mejor aquello que ya creemos.
También debería hacernos lo suficientemente humildes para reconocer la verdad cuando la encontramos, incluso cuando esa verdad nos obliga a corregirnos.
Para estudio personal, reflexión, oración o una conversación honesta.
Una reflexión personal
Hay algo incómodo en pedirle a otra persona que examine sus propias presuposiciones. Tarde o temprano te das cuenta de que, si quieres ser intelectualmente honesta, tienes que estar dispuesta a hacer exactamente lo mismo contigo misma.
A lo largo de esta investigación he preguntado una y otra vez si una conclusión realmente se desprende de la evidencia presentada. He preguntado si algo está explícitamente en la Escritura o si somos nosotros quienes lo estamos interpretando de cierta manera. He cuestionado si una convicción sincera puede estar equivocada, si el discernimiento espiritual puede ponerse a prueba y si un argumento sigue siendo confiable cuando hemos construido una manera de explicar absolutamente cualquier evidencia que pudiera contradecirlo.
Pero esas preguntas no pueden pertenecer solamente a la persona cuyo argumento estoy examinando. También tienen que aplicarse a mí.
Si voy a preguntarle a alguien: “¿Qué podría convencerte de que estás equivocada?”, entonces yo también tengo que estar dispuesta a sentarme con esa pregunta.
¿Qué podría convencerme a mí de que estoy equivocada?
No siempre es una pregunta cómoda para una persona de fe. A veces podemos sentir que examinar demasiado aquello que creemos demuestra cierta falta de confianza en Dios. Pero cada vez estoy más convencida de lo contrario.
Dios no necesita que yo lo proteja de una investigación honesta. La verdad no se vuelve frágil porque yo le haga preguntas difíciles. Y ser fiel a Cristo no puede significar decidir de antemano que todo lo que ya creo tiene que sobrevivir intacto a cualquier examen exactamente de la manera en que hoy lo entiendo.
Soy católica. No estoy fingiendo acercarme a estas preguntas sin convicciones propias. Amo mi fe y creo que existen razones bíblicas, históricas y teológicas profundamente sólidas para el cristianismo católico.
Pero amar algo no me da permiso de defenderlo mal.
No quiero defender el catolicismo con una interpretación débil simplemente porque la conclusión favorece al catolicismo. No quiero pedirle a un Padre de la Iglesia que diga más de lo que realmente dijo. No quiero convertir una posibilidad en una prueba, descartar una objeción porque me incomoda ni exigirle a la teología de otra persona un estándar de evidencia más alto que el que exijo de la mía.
Si el propósito de la apologética es buscar la verdad, entonces las reglas tienen que funcionar en ambas direcciones.
Y quizá esa ha sido una de las lecciones más importantes de esta Parte I para mí.
La humildad en la apologética no significa fingir que todas las posturas son igualmente convincentes. La caridad no nos obliga a renunciar a nuestras conclusiones. Y la apertura intelectual tampoco significa vivir para siempre en una especie de incertidumbre teológica porque nos da miedo afirmar que algo parece verdadero.
Significa estar dispuesta a distinguir entre lo que sé, lo que creo que la evidencia sostiene, lo que estoy infiriendo y lo que todavía necesito investigar.
Hay algo profundamente liberador en eso. No tengo que obligar a cada versículo a demostrarlo todo de una vez. No tengo que entrar en pánico cuando encuentro una objeción difícil. No tengo que hacer que el catolicismo parezca más fuerte de lo que permite la evidencia para confiar en que lo que es verdad seguirá siendo verdad. Y tampoco tengo que asumir que el cristiano que no está de acuerdo conmigo es deshonesto, está espiritualmente ciego, no ha estudiado lo suficiente o ama menos a Cristo.
A veces, dos personas que aman sinceramente a Dios pueden mirar la misma evidencia y llegar a conclusiones diferentes.
Eso no vuelve relativa a la verdad.
Hace necesaria la humildad.
Así que termino esta Parte I con una pregunta que espero llevar conmigo durante toda esta serie:
¿Estoy permitiendo que la evidencia me conduzca hacia la verdad, o estoy pidiéndole que proteja la conclusión a la que yo ya quería llegar?
Quiero poder responder esa pregunta con honestidad. No porque tenga miedo de que investigar pueda alejarme de Cristo, sino porque confío lo suficiente en Él para creer que, dondequiera que se encuentre la verdad, no tengo nada que temer al seguirla.
Y quizá eso es, en el fondo, lo que significa que la fe busca entender: no una fe que le tenga miedo a las preguntas, ni una razón que desconfíe de la fe, sino una mente dispuesta a buscar la verdad y un corazón dispuesto a dejarse corregir, siempre que ambos sigan caminando hacia Cristo.
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