¿Quién tiene derecho a definir el “cristianismo bíblico”?
Hay una expresión que los cristianos utilizamos con bastante facilidad y con la que, en principio, parecería difícil estar en desacuerdo:
“Cristianismo bíblico.”
Yo también quiero un cristianismo bíblico.
Soy católica, pero no quiero creer absolutamente nada que contradiga la Revelación de Dios. No me interesa conservar una doctrina simplemente porque sea católica, ni defender una práctica solamente porque me resulte familiar. Si algo que creo contradice verdaderamente la Escritura, quiero saberlo.
Pero precisamente por eso hay una pregunta que no podemos evitar:
¿qué significa realmente que algo sea “bíblico”?
Porque dos cristianos pueden abrir exactamente la misma Biblia, leer exactamente el mismo pasaje, orar pidiendo la guía del mismo Espíritu Santo… y llegar a conclusiones incompatibles.
Esto no sucede solamente en discusiones marginales.
Los cristianos no estamos de acuerdo sobre el Bautismo. Sobre la Eucaristía. Sobre la predestinación y el libre albedrío. Sobre la confesión. Sobre el divorcio y las segundas nupcias. Sobre los dones espirituales. Sobre el ministerio de la mujer. Sobre la autoridad de la Iglesia. Sobre los santos. Sobre María. Sobre la salvación. Sobre el Apocalipsis y los últimos tiempos.
Y personas situadas en lados completamente opuestos de esas discusiones pueden decir, con absoluta sinceridad:
Yo leí la Biblia.
Yo oré al respecto.
Estoy siguiendo al Espíritu Santo.
La Escritura es clara.
El problema, entonces, no puede resolverse simplemente diciendo:
“Lee la Biblia.”
Porque ambos la leyeron.
Y si uno afirma que el Bautismo realmente hace algo y otro sostiene que es puramente simbólico, no están diciendo lo mismo. Si uno afirma que la Eucaristía es verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo y otro sostiene que solamente es un símbolo, tampoco están diciendo lo mismo. Dos afirmaciones contradictorias no se vuelven simultáneamente verdaderas porque ambas personas hayan llegado a ellas con sinceridad.
Eso no significa que la Escritura sea insuficiente, confusa o defectuosa.
Significa algo mucho más incómodo:
nosotros podemos equivocarnos al interpretarla.
Y ése es el problema que quiero examinar aquí.
Porque la expresión cristianismo bíblico puede significar algo perfectamente razonable: un cristianismo arraigado en la Palabra de Dios y no en invenciones humanas.
Amén.
Los católicos tampoco nos sentamos a pensar:
¿Saben qué le hace falta al cristianismo? Menos Biblia.
La pregunta no es si el cristianismo debe ser bíblico.
Por supuesto que debe serlo.
La pregunta es:
¿Quién determina qué significa “bíblico” cuando los cristianos interpretamos la Biblia de manera diferente?
Porque si no podemos responder esa pregunta, cristianismo bíblico corre el riesgo de convertirse en una expresión mucho más subjetiva:
“El cristianismo según mi interpretación de la Biblia.”
Y esas dos cosas no son necesariamente iguales.
Antes de debatir los versículos
Este proyecto comenzó con una afirmación bastante concreta sobre la Santísima Virgen María.
Una creadora cristiana no denominacional, cuyo interés por la Escritura yo había respetado durante mucho tiempo, publicó contenido relacionando a la “Reina del Cielo” condenada en Jeremías con María. Eventualmente, el argumento llegó mucho más lejos: la figura venerada por los católicos como Reina del Cielo estaría vinculada con Satanás; el catolicismo enseñaría una salvación basada en obras; los católicos practicaríamos idolatría; la Iglesia habría alterado los Diez Mandamientos; una futura aparición mariana podría formar parte de un engaño relacionado con el Anticristo; y, finalmente, los católicos deberían “salir de la Iglesia Católica.”
Podría haber comenzado esta respuesta directamente con Jeremías.
Podría haber abierto Apocalipsis 12.
Podríamos discutir inmediatamente a María, las imágenes, el Rosario, la intercesión de los santos o el papado.
Pero cuanto más investigaba las afirmaciones, más evidente se volvía que había una pregunta anterior a todas ellas.
Porque aquí tenemos a dos mujeres cristianas.
Ella cree en Jesucristo.
Yo creo en Jesucristo.
Ella lee la Biblia.
Yo leo la Biblia.
Ella ora pidiendo discernimiento.
Yo también.
Ella cree que la Escritura respalda sus conclusiones.
Yo creo que algunas de esas conclusiones contradicen la Escritura.
Entonces…
¿cómo sabemos quién tiene razón?
No lo pregunto sarcásticamente.
Ésa es, en realidad, una pregunta epistemológica: una pregunta acerca de cómo sabemos lo que creemos saber.
Si la Escritura es verdaderamente la Palabra inspirada de Dios —y creo que lo es— pero los seres humanos podemos interpretar mal esa Palabra —y claramente podemos—, entonces citar un versículo no termina automáticamente la discusión.
Todavía tenemos que preguntar qué significa.
Tenemos que examinar su contexto.
Tenemos que determinar si nuestra conclusión realmente se desprende del texto o si hemos introducido en él algo que el texto nunca afirmó.
Y tenemos que estar dispuestos a aplicar ese estándar no solamente al cristiano con quien estamos en desacuerdo, sino también a nosotros mismos.
Especialmente a nosotros mismos.
Lo que esta investigación es —y lo que no es
No escribo esto para “destruir” a la persona cuyos argumentos dieron origen a esta serie.
No quiero ridiculizarla.
No quiero humillarla.
Y no quiero que nadie utilice este trabajo como excusa para atacarla.
Puedo considerar que algunas de sus conclusiones son profundamente equivocadas y, al mismo tiempo, reconocer que ella puede creer sinceramente que está advirtiendo a otros cristianos acerca de un engaño espiritual. Esas dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.
De hecho, su sinceridad hace que la pregunta sea más importante, no menos.
Porque la sinceridad no garantiza la verdad.
Tampoco la garantiza la inteligencia.
Ni la cantidad de versículos que una persona pueda citar.
Ni la seguridad con la que hable.
Ni siquiera la intensidad con la que crea haber discernido algo.
Y esto también se aplica a mí.
No soy apologeta de profesión. No fui al seminario. No soy teóloga ni especialista bíblica. Soy una mujer católica que ama su fe y que cree que, si voy a profesar públicamente el cristianismo, debería poder dar razón de lo que creo. Pero esa obligación cristiana incluye algo más que aprender buenos argumentos.
Incluye cómo los utilizamos.
San Pedro nos llama a estar preparados para dar razón de nuestra esperanza, pero hacerlo con mansedumbre y respeto. La apologética cristiana nunca debería convertirse en una competencia para ver quién puede humillar mejor al otro cristiano.
Podemos conocer muchísimo la Biblia y hablar terriblemente unos con otros.
Podemos defender el cristianismo mientras nos comportamos de una manera que no se parece en nada a Cristo.
Y podemos estar tan interesados en defender la verdad que olvidemos a Aquel que es la Verdad.
Por eso no quiero construir esta investigación alrededor de:
“Soy católica, por lo tanto el catolicismo tiene razón.”
Pero tampoco alrededor de:
“Alguien citó muchos versículos, por lo tanto su conclusión es bíblica.”
Quiero algo más exigente.
Quiero preguntar:
¿Qué dice realmente la Escritura?
¿Qué enseña realmente la Iglesia Católica?
¿Qué establece realmente la evidencia histórica?
Y después:
¿Qué conclusión podemos justificar a partir de esa evidencia?
No qué me dijeron que creen los católicos.
No qué me dijeron que creen los protestantes.
No qué interpretación me parece más espiritual.
No qué argumento me hace sentir más segura de lo que ya pensaba.
Qué podemos demostrar.
Una distinción que necesitamos desde el principio
Para hacer eso con honestidad, voy a distinguir durante toda esta investigación entre cuatro cosas:
1. Lo que la Escritura dice explícitamente.
El texto que realmente tenemos delante.
2. La interpretación que hacemos de ese texto.
Lo que creemos que significa.
3. La evidencia histórica.
Lo que podemos establecer a partir de documentos, testimonios, prácticas, fuentes primarias y el desarrollo histórico.
4. La inferencia o conclusión teológica.
Lo que concluimos a partir de los elementos anteriores.
Estas categorías pueden relacionarse profundamente.
Pero no son idénticas.
Por ejemplo, Segunda de Corintios enseña que Satanás puede disfrazarse como ángel de luz.
Eso está en el texto.
Pero si yo continúo:
“Por lo tanto, una futura aparición mariana será Satanás.”
he dado un paso adicional.
Ya no estoy simplemente citando a san Pablo.
Estoy haciendo una inferencia.
Tal vez pueda defenderla. Tal vez existan otras evidencias. Entonces tendremos que examinarlas.
Pero no puedo esconder ese paso detrás de las palabras “la Biblia dice.”
Porque la Biblia no dice: “Una futura aparición mariana será Satanás.”
Esa conclusión pertenece al intérprete.
Y exactamente el mismo estándar debe aplicarse a un argumento católico.
Si utilizo Mateo 16 para hablar de Pedro, tengo que distinguir lo que el pasaje dice explícitamente de las conclusiones eclesiológicas que estoy extrayendo de él.
Si relaciono las llaves de Mateo 16 con Isaías 22, tengo que identificar esa relación como un argumento tipológico y explicar por qué creo que está justificada.
Si hago una afirmación histórica sobre la Iglesia primitiva, necesito evidencia histórica.
Si describo una doctrina católica, debo representar lo que la Iglesia realmente enseña y no una versión apologética exagerada porque resulta más fácil de defender.
Nadie tiene derecho a esconder una inferencia dentro de un versículo bíblico.
Ni los protestantes.
Ni los católicos.
Ni yo.
Y eso nos lleva a la pregunta con la que realmente comienza esta investigación:
I. ¿Quién me corrige cuando estoy equivocada?
Ésta puede ser una de las preguntas más saludables que un cristiano aprenda a hacerse.
No:
¿Quién corrige a los demás cuando están equivocados?
Para ésa solemos tener respuestas bastante rápidas. 😂
La pregunta más difícil es:
¿Quién me corrige a mí?
La inteligencia no puede ser la respuesta.
Personas extraordinariamente inteligentes se equivocan todos los días. De hecho, la inteligencia puede hacer que ciertos errores sean más difíciles de detectar, porque una persona inteligente puede construir un argumento muy sofisticado alrededor de una premisa equivocada.
Puede conectar versículo con versículo, símbolo con símbolo, profecía con profecía. Puede construir una explicación internamente coherente, elegante y aparentemente impecable.
Pero hay algo que necesitamos recordar:
la coherencia no es necesariamente verdad.
La sinceridad tampoco puede ser nuestro criterio definitivo.
Dos personas pueden creer sinceramente cosas contradictorias.
Y la convicción personal tampoco basta, porque mi convicción me dice qué tan convencida estoy de algo. No me dice necesariamente si ese algo es objetivamente verdadero.
Eso nos deja frente a una posibilidad incómoda:
Puedo amar sinceramente la Escritura, leerla con atención, orar antes de abrirla… y aun así interpretarla mal.
La propia Biblia nos da razones para tomar esa posibilidad muy en serio.
La Escritura puede ser malinterpretada
San Pedro hace una observación fascinante sobre los escritos de san Pablo.
Reconoce que en ellos hay cosas “difíciles de entender” y advierte que algunas personas deforman las Escrituras para su propia perdición.
Eso importa.
Pedro no presenta cada pasaje de la Biblia como igualmente evidente para cualquier lector. Más todavía: reconoce explícitamente la posibilidad de que la Escritura sea tergiversada.
El problema no es la Escritura.
El problema es lo que nosotros podemos hacer con ella.
Hechos 8 nos ofrece otra escena particularmente reveladora.
Felipe encuentra al eunuco etíope leyendo al profeta Isaías y le pregunta:
“¿Entiendes lo que estás leyendo?”
El hombre responde:
“¿Y cómo podré, si nadie me lo explica?”
Felipe entonces le enseña cómo aquel pasaje encuentra su cumplimiento en Cristo.
Hay un principio muy sencillo detrás de esa escena:
Leer y entender no siempre son la misma cosa.
Y después encontramos un ejemplo todavía más incómodo.
En Mateo 4, Satanás cita la Escritura.
Eso elimina una prueba demasiado simplista de verdad teológica:
“Pero citó la Biblia.”
Sí.
El tentador también.
El Salmo era auténtico. Las palabras pertenecían verdaderamente a la Escritura.
El problema estaba en cómo estaban siendo utilizadas.
Jesús responde a una Escritura mal aplicada con la Escritura correctamente entendida.
Y eso importa muchísimo para la apologética, porque un argumento puede estar construido enteramente con piezas bíblicas auténticas y aun así contener una conclusión que esas piezas no demuestran.
Cada versículo puede existir.
Cada cita puede ser correcta.
Y la relación que el intérprete establece entre ellas todavía puede estar equivocada.
Dicho de otra manera:
cinco premisas bíblicas no producen automáticamente una conclusión bíblica.
También tenemos que examinar los pasos que conectan una cosa con la otra.
El discernimiento también necesita discernimiento
Aquí la conversación se vuelve especialmente delicada, porque los cristianos no solamente apelamos a la Escritura.
También hablamos del Espíritu Santo.
Yo creo que el Espíritu Santo guía al cristiano.
Creo en el discernimiento.
Creo que Dios ilumina nuestra inteligencia, mueve nuestra conciencia y puede ayudarnos a comprender Su Palabra.
Pero no creo que la frase:
“Yo discerní esto”
sea automáticamente equivalente a:
“Dios reveló esto.”
Porque si así funcionara, tendríamos un problema enorme.
Cristianos pertenecientes a tradiciones incompatibles afirman haber orado, leído la Escritura y recibido dirección del Espíritu Santo antes de llegar a conclusiones contradictorias.
El Espíritu Santo no se contradice.
Entonces, al menos algunas veces, aquello que experimentamos como discernimiento debe contener un elemento humano capaz de equivocarse.
Nuestra formación previa.
Nuestros miedos.
Nuestras expectativas.
Nuestros prejuicios.
Nuestra imaginación.
Nuestras emociones.
Las asociaciones que hacemos.
O sencillamente una interpretación equivocada.
Y aquí es donde una experiencia personal que compartí en el video se vuelve importante.
Cuando una experiencia espiritual parece clarísima
Hace años tuve un sueño increíblemente vívido.
En el sueño vi a Jesús.
Vi Su rostro con una claridad que nunca antes había experimentado. Y el mensaje que yo percibí parecía decir que algo estaba mal en la manera en que practicábamos la religión, incluyendo el catolicismo.
Imaginen si yo hubiera despertado y hubiera dicho:
Jesús me dijo que el catolicismo está mal.
Fin de la conversación.
¿Cómo me corrige alguien después de eso?
Si alguien me muestra un pasaje bíblico, podría responder:
Sí, pero Jesús me habló.
Si alguien me muestra evidencia histórica:
Sí, pero yo sé lo que experimenté.
Si la Iglesia me corrige:
Precisamente. Jesús me dijo que la Iglesia está equivocada.
He construido un sistema en el que mi interpretación de una experiencia personal se vuelve prácticamente imposible de cuestionar.
Y ése es el problema.
La conclusión a la que llegué con el tiempo no fue que las experiencias espirituales carecen de valor. El cristianismo es una religión sobrenatural. No tengo ningún interés en reducir nuestra relación con Dios a aquello que pueda medirse materialmente.
La lección fue más humilde:
Mi interpretación de una experiencia espiritual no es automáticamente la interpretación de Dios sobre esa experiencia.
Yo puedo recibir algo real y entenderlo mal.
Puedo experimentar algo profundamente significativo y sacar una conclusión demasiado grande.
Puedo confundir lo que sentí con lo que Dios dijo.
Y exactamente la misma humildad debe acompañarnos cuando interpretamos la Biblia.
Si creo que el Espíritu Santo me mostró lo que significa Apocalipsis 12, mi interpretación todavía tiene que sobrevivir Apocalipsis 12.
El Espíritu que inspiró la Escritura no necesita que yo proteja mi interpretación del texto que Él mismo inspiró.
Mi interpretación tiene que someterse a la verdad.
CONVICCIÓN ≠ AUTORIDAD
Ésta es una distinción que quiero mantener frente a nosotros durante toda esta investigación.
Podemos sentir una certeza enorme.
Podemos sentir paz.
Podemos experimentar algo que nos parezca confirmación.
Podemos encontrar cinco versículos que parecen encajar perfectamente.
Y aun así debemos preguntar:
¿Qué demuestra realmente la evidencia?
Porque la convicción describe mi estado interior.
La autoridad responde una pregunta diferente:
¿Qué tiene derecho a obligar mi conciencia como verdad revelada por Dios?
No son lo mismo.
Y cuando las confundimos, nuestra propia certeza puede adquirir silenciosamente una autoridad que nunca tuvo.
La Iglesia apostólica también tuvo este problema
Hasta aquí podría parecer que estamos teniendo una conversación puramente filosófica.
Pero no.
Los primeros cristianos también tuvieron que enfrentar desacuerdos serios acerca de lo que Dios exigía.
Hechos 15 registra una controversia sobre la circuncisión de los gentiles.
Y esto no era una discusión menor sobre preferencias litúrgicas o costumbres culturales.
La controversia tocaba directamente la salvación.
Algunos enseñaban que, si los gentiles no eran circuncidados conforme a la ley de Moisés, no podían salvarse.
Y eso hace particularmente interesante la manera en que la Iglesia apostólica responde.
Los apóstoles y los ancianos se reúnen.
Hay discusión.
Pedro habla.
Pablo y Bernabé dan testimonio.
Santiago interviene.
La Escritura forma parte de la deliberación.
Se llega a un juicio.
Y después ese juicio es comunicado a las comunidades cristianas.
La carta contiene una expresión extraordinaria:
“Ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros…”
— Hechos 15:28
No quiero pedirle a Hechos 15 que demuestre más de lo que demuestra.
Este capítulo, por sí solo, no establece todo lo que siglos después encontraremos desarrollado acerca de los concilios, los obispos, el Magisterio o la autoridad papal.
Pero tampoco podemos fingir que no muestra nada relevante para nuestra pregunta.
Porque cuando surge una controversia doctrinal seria en la Iglesia apostólica, el modelo que encontramos no es simplemente una colección de cristianos interpretando individualmente hasta que cada uno decide qué conclusión le parece más bíblica.
Hay una Iglesia visible.
Hay autoridades reconocidas.
Hay deliberación.
Hay un juicio.
Y las comunidades reciben ese juicio.
Más adelante, Hechos 16 incluso nos dice que Pablo y Timoteo recorrieron las ciudades entregando las decisiones tomadas por los apóstoles y ancianos en Jerusalén para que fueran observadas.
Eso significa que la autoridad ya forma parte de nuestra investigación.
Y entonces aparece una nueva pregunta:
Si los apóstoles podían ejercer una autoridad real para resolver controversias doctrinales, ¿qué sucedió con esa autoridad cuando murieron?
Pero antes de responderla tenemos que resolver algo todavía más básico.
Porque eventualmente alguien puede decir:
“No necesito una autoridad eclesial infalible. Tengo la Biblia.”
Perfecto.
Entonces necesitamos hacer una pregunta que los cristianos modernos rara vez tenemos que hacernos, porque recibimos nuestras Biblias ya impresas, encuadernadas y con índice:
¿Cómo sabemos qué libros pertenecen a la Biblia?
Porque la Biblia no apareció sobre un escritorio cristiano con sus sesenta y seis o setenta y tres libros ya encuadernados.
Y tampoco contiene una tabla de contenido inspirada.
Así que ahora tenemos que retroceder un poco en la historia.
II. ¿De dónde salió la Biblia?
Para la mayoría de los cristianos de hoy, la Biblia llega a nuestras manos como un libro terminado.
La compramos ya encuadernada. Génesis está al principio. Apocalipsis está al final. Abrimos las primeras páginas y encontramos un índice que nos dice exactamente cuáles libros pertenecen ahí.
Dependiendo de la tradición cristiana, esa Biblia puede contener sesenta y seis o setenta y tres libros, pero en ambos casos hay algo que damos por sentado desde el momento en que la abrimos:
la colección ya está definida.
Los primeros cristianos no vivieron así.
Hubo cristianismo antes de que existiera un Nuevo Testamento completo.
Hubo predicación antes de que los veintisiete libros hubieran sido escritos. Hubo bautismos. Hubo celebración de la Eucaristía. Hubo comunidades cristianas. Hubo obispos, presbíteros y diáconos. Hubo persecuciones, controversias doctrinales y personas que estuvieron dispuestas a morir por Cristo mientras algunos de los escritos que eventualmente formarían parte del Nuevo Testamento todavía ni siquiera existían.
Esto no disminuye la importancia de la Escritura.
Al contrario.
Nos ayuda a comprender el mundo en el que nació.
El cristianismo no comenzó cuando alguien entregó a los apóstoles una Biblia terminada y les dijo:
Aquí está. Ahora construyan una religión basándose en este libro.
Primero vino Cristo.
Después, los apóstoles y la Iglesia que Él los envió a edificar.
Y dentro de esa Iglesia apostólica fueron escritos, copiados, compartidos, leídos y eventualmente reconocidos los textos que hoy llamamos el Nuevo Testamento. Éste es precisamente uno de los puntos históricos sobre los que se detiene el manuscrito de esta entrega.
Y esa secuencia importa cuando alguien dice:
“Mi autoridad final es la Biblia.”
Porque antes de discutir qué clase de autoridad posee la Biblia —y yo creo que posee autoridad divina— tenemos que responder una pregunta anterior:
¿Qué escritos son Biblia?
La Biblia no contiene una tabla de contenido inspirada
Este argumento aparece algunas veces en la apologética católica como si fuera una especie de trampa.
No creo que necesitemos presentarlo así.
Es simplemente una pregunta histórica y epistemológica.
Ningún libro de la Biblia contiene una lista inspirada que diga:
Mateo: inspirado.
Marcos: inspirado.
Lucas: inspirado.
Juan: inspirado.
Hebreos: inspirado.
Santiago: inspirado.
Apocalipsis: inspirado.
Segunda de Timoteo nos dice que la Escritura es inspirada por Dios.
Pero decir:
“La Escritura es inspirada”
y responder:
“¿Cuáles escritos constituyen la Escritura?”
son dos preguntas relacionadas, pero distintas.
Un cristiano puede creer absolutamente que todo libro inspirado posee autoridad divina y todavía necesitar explicar cómo sabe cuáles libros fueron inspirados.
Ésa es la pregunta del canon.
Y la historia nos muestra que su reconocimiento no ocurrió instantáneamente.
No todos los escritos cristianos fueron recibidos de la misma manera
Aquí también tenemos que evitar dos versiones demasiado sencillas de la historia.
Una dice:
“Nadie sabía qué pertenecía a la Biblia hasta que la Iglesia Católica decidió cuáles libros meter.”
Eso es demasiado simplista.
La otra dice:
“Todos los primeros cristianos siempre supieron exactamente cuáles eran los veintisiete libros del Nuevo Testamento.”
Eso también simplifica demasiado la evidencia.
La realidad histórica es más interesante.
Muchos escritos fueron recibidos ampliamente desde muy temprano. Los cuatro Evangelios, Hechos y buena parte de las cartas paulinas gozaron de una aceptación muy extensa.
Pero no todos los escritos que hoy encontramos tranquilamente dentro de nuestro Nuevo Testamento tuvieron exactamente la misma recepción en todos los lugares y al mismo tiempo.
Eusebio de Cesarea, escribiendo a comienzos del siglo IV, distingue entre escritos ampliamente reconocidos y otros cuya recepción había sido discutida. Entre estos últimos menciona Santiago, Judas, Segunda de Pedro y Segunda y Tercera de Juan. También registra diferencias respecto a la recepción del Apocalipsis.
Y eso debería llamarnos la atención.
Porque hoy nadie abre una Biblia cristiana, llega a Santiago y piensa:
Hmm. No sé si esto pertenece aquí.
Ya hemos heredado una conclusión.
Pero esa conclusión tiene una historia.
Al mismo tiempo, circulaban otros escritos cristianos que fueron apreciados por creyentes y comunidades sin terminar formando parte del Nuevo Testamento: obras como El Pastor de Hermas, la Epístola de Bernabé y la Didaché aparecen dentro de estas discusiones antiguas.
Por lo tanto, la pregunta no era simplemente:
¿Este texto habla de Jesús?
Ni:
¿Este libro es espiritualmente útil?
La pregunta era mucho más específica:
¿Este escrito pertenece a aquello que la Iglesia recibe como Escritura apostólica?
Y eso implica discernimiento.
Veintisiete libros
Un momento particularmente importante aparece en el año 367.
Atanasio de Alejandría, en su Carta Festal XXXIX, enumera los libros que reconoce como pertenecientes al Nuevo Testamento.
La lista corresponde a los mismos veintisiete libros que hoy encontramos en el Nuevo Testamento cristiano.
Pero hay un detalle muy interesante.
Atanasio también menciona otros escritos que podían ser leídos para instrucción sin colocarlos dentro de la misma categoría canónica.
Eso nos ayuda a evitar otra simplificación.
Los primeros cristianos podían considerar un escrito profundamente valioso, ortodoxo e incluso apropiado para la formación cristiana sin concluir necesariamente que era Escritura inspirada.
La formación del canon, entonces, no fue:
“Durante siglos nadie sabía nada” → “un concilio inventó la Biblia.”
Fue un proceso de recepción, reconocimiento, discernimiento y eventual estabilización.
Y la palabra reconocimiento es particularmente importante.
La Iglesia no hizo que Mateo se volviera inspirado
Cuando los católicos hablamos del papel de la Iglesia en la formación del canon, debemos tener cuidado con nuestro propio lenguaje.
La Iglesia no hizo que Mateo fuera inspirado.
No convirtió Romanos en Palabra de Dios.
Ningún concilio tomó un libro ordinario llamado Apocalipsis y le otorgó inspiración divina mediante una votación.
Si Dios inspiró un escrito, su inspiración viene de Dios.
La pregunta eclesial es distinta:
¿Cuáles escritos ha dado Dios a Su Iglesia como Escritura?
La propia enseñanza católica habla de que la Iglesia discernió qué escritos debían ser incluidos en la lista de los libros sagrados.
Eso es bastante más preciso que uno de nuestros mic drops católicos favoritos:
“La Iglesia Católica te dio la Biblia.”
😂
Hay una realidad histórica detrás de esa frase.
Pero si queremos hacer apologética seria, podemos expresarla mucho mejor. Tu propio manuscrito insiste precisamente en no reducir la historia del canon a ese eslogan.
Entonces, ¿qué papel tuvo la Iglesia?
Los libros de la Escritura fueron escritos bajo inspiración divina.
Circularon entre comunidades.
Fueron copiados.
Leídos.
Citados.
Utilizados en la vida cristiana.
Algunos gozaron de una recepción muy amplia desde temprano.
Otros fueron discutidos durante algún tiempo en determinadas regiones.
Y la Iglesia histórica participó en el discernimiento de esa herencia.
Eso no significa que un martes por la mañana los cristianos no tuvieran Biblia y para la hora de la cena un concilio hubiera producido una perfectamente encuadernada. 😂
Significa que el canon fue reconocido dentro de la vida de la Iglesia.
Y eso nos obliga a plantear una pregunta importante acerca de la autoridad:
Si nuestro conocimiento de cuáles libros pertenecen a la Escritura depende históricamente de la recepción y el discernimiento de la Iglesia, ¿qué clase de autoridad tuvo ese discernimiento?
Noten también todo lo que todavía no he demostrado.
No he demostrado el papado.
No he demostrado cada doctrina católica acerca de la Tradición.
No he demostrado que toda decisión eclesiástica sea infalible.
Ni siquiera he demostrado todavía que sola Scriptura sea falsa.
Hacer cualquiera de esas cosas aquí sería avanzar demasiado rápido.
Lo único que hemos identificado es un problema real:
la autoridad que posee la Escritura y nuestro conocimiento de cuáles libros constituyen la Escritura no son exactamente la misma pregunta.
La autoridad de la Escritura viene de Dios.
Pero todavía necesitamos una explicación coherente de cómo sabemos que Hebreos pertenece a la Escritura y El Pastor de Hermas no.
Responder:
“Porque Hebreos está en mi Biblia”
solamente mueve la pregunta un paso hacia atrás:
¿Y por qué está en tu Biblia?
Y después está el Antiguo Testamento
Si la historia del Nuevo Testamento complica la conversación, el Antiguo Testamento la vuelve todavía más interesante.
Las Biblias católicas incluyen libros que normalmente no forman parte del Antiguo Testamento protestante: Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico o Sirácida, Baruc, Primero y Segundo de Macabeos, además de porciones adicionales de Ester y Daniel.
Por eso la Biblia católica contiene cuarenta y seis libros en el Antiguo Testamento y veintisiete en el Nuevo.
Y aquí aparece una situación curiosa.
Un católico puede decir:
“La Biblia es Palabra de Dios.”
Un protestante puede decir:
“La Biblia es Palabra de Dios.”
Pero no necesariamente están señalando exactamente la misma colección de libros.
Entonces la pregunta del canon deja de ser una curiosidad del siglo IV.
Todavía está con nosotros.
¿Por qué estos libros?
¿Por qué no aquellos?
¿Qué papel tuvo la Septuaginta?
¿Qué textos utilizaban los primeros cristianos?
¿Qué sucedió posteriormente con estas diferencias canónicas?
¿Qué ocurrió durante la Reforma?
Responder esas preguntas seriamente requiere bastante más que dos memes enfrentados:
“Los católicos agregaron libros.”
contra:
“Los protestantes quitaron libros.”
La historia es más compleja que cualquiera de esas dos frases.
Y para nuestro argumento actual ni siquiera necesitamos resolver aquí toda esa historia.
Por ahora basta con establecer algo mucho más modesto:
Apelar a “la Biblia solamente” no responde, por sí mismo, cuáles libros constituyen la Biblia.
Antes de interpretar un pasaje bíblico, ya hemos tenido que responder una pregunta histórica acerca del canon que estamos interpretando.
“¿Pero no pudo el Espíritu Santo guiar a los cristianos para reconocer el canon?”
Aquí un protestante puede responder de una manera perfectamente razonable:
Sí. Dios guió a Su Iglesia para reconocer Su Palabra. Pero reconocer correctamente el canon no significa que la Iglesia misma se convierta en una autoridad infalible junto a la Escritura.
Bien.
Ésa es una objeción seria.
Y no quiero fingir que la pregunta del canon destruye automáticamente sola Scriptura.
Un protestante puede reconocer que la Iglesia antigua tuvo un papel histórico real en el reconocimiento del canon y, al mismo tiempo, sostener que la Escritura sigue siendo la única regla infalible de fe.
El católico entonces puede preguntar:
¿Puede un proceso falible darnos certeza suficiente acerca del contenido de un canon infalible?
Y el protestante puede responder distinguiendo entre la autoridad que la Escritura posee en sí misma y los medios históricos mediante los cuales nosotros llegamos a reconocer esa autoridad.
Ahora sí estamos teniendo una conversación teológica de verdad.
Mucho mejor que:
“¿Quién te dio tu Biblia? Mic drop.”
😂
La pregunta del canon no termina el debate sobre la autoridad.
Lo abre.
El cristianismo ya estaba siendo transmitido
Y aquí aparece otra pieza fundamental.
Si los cristianos vivían, adoraban, enseñaban y transmitían la fe antes de que el canon del Nuevo Testamento alcanzara una estabilidad universal, entonces:
¿cómo estaba siendo transmitido el cristianismo?
Obviamente, la respuesta incluye la Escritura.
Pero no puede limitarse a un Nuevo Testamento completo que todavía no existía.
Los apóstoles predicaban.
Enseñaban.
Fundaban comunidades.
Transmitían lo que habían recibido.
Y el propio Nuevo Testamento nos muestra que la enseñanza apostólica podía transmitirse de más de una manera.
San Pablo les dice a los tesalonicenses que permanezcan firmes y conserven las tradiciones que recibieron:
“sea de palabra, o por carta nuestra.”
— 2 Tesalonicenses 2:15
Ese versículo no demuestra que toda práctica católica posterior venga directamente de los apóstoles.
Otra vez:
no le pidamos al texto que demuestre más de lo que demuestra.
Pero sí establece algo que no podemos simplemente borrar:
Pablo reconoce enseñanza apostólica transmitida por escrito y oralmente. Ésta es una de las distinciones centrales que el manuscrito utiliza al introducir Escritura y Tradición.
Y ahora podemos ver cómo todas nuestras preguntas empiezan a conectarse.
Comenzamos preguntando:
¿Quién me corrige cuando interpreto mal la Escritura?
Eso nos llevó a:
¿Cómo resolvía controversias doctrinales la Iglesia apostólica?
Después:
¿Cómo sabemos cuáles escritos son Escritura?
Y ahora:
¿Quiso Cristo que la fe cristiana fuera transmitida exclusivamente por medio de la Escritura?
Ésa es la verdadera pregunta que se encuentra detrás de sola Scriptura.
Pero antes de entrar ahí, quiero hacer algo que considero indispensable.
Lo que hemos demostrado —y lo que no
Hasta este punto podemos afirmar:
El cristianismo existió antes de que el Nuevo Testamento estuviera completo.
El reconocimiento del canon del Nuevo Testamento ocurrió mediante un proceso histórico y no mediante una tabla de contenido inspirada incluida dentro de la propia Biblia.
Algunos libros que hoy forman parte del Nuevo Testamento fueron discutidos durante un periodo en ciertas comunidades cristianas.
La Iglesia participó históricamente en el reconocimiento y discernimiento del canon.
Y el propio Nuevo Testamento muestra enseñanza apostólica transmitida tanto por escrito como oralmente.
Pero nada de esto, por sí solo, demuestra:
“Por lo tanto, toda doctrina católica es verdadera.”
No.
Tampoco demuestra:
“Por lo tanto, cualquier idea de primacía de la Escritura es imposible.”
No hemos demostrado eso tampoco.
Lo que sí hemos demostrado es que esta frase:
“Yo simplemente sigo la Biblia.”
todavía no resuelve la pregunta sobre la autoridad.
Porque antes de seguir la Biblia, tenemos que identificarla.
Y después de identificarla, todavía tenemos que interpretarla.
Ahora sí podemos llegar a la doctrina protestante que intenta responder precisamente a esta cuestión.
Y quiero hacerlo con cuidado.
Porque si vamos a examinar sola Scriptura, primero tenemos la obligación de entenderla de una manera que un protestante serio pueda reconocer como propia.
III. ¿“Cristianismo bíblico” significa solamente la Escritura?
Sola Scriptura suele traducirse sencillamente como:
“Solamente la Escritura.”
La traducción es correcta.
Pero puede prestarse a confusión si no nos detenemos a preguntar qué significa exactamente ese “solamente.”
Una caricatura de sola Scriptura sonaría más o menos así:
No necesito Iglesia. No necesito pastores. No necesito concilios. No necesito credos. No necesito historia. No necesito tradición. Solamente necesito a Jesús, mi Biblia y al Espíritu Santo.
Puede haber cristianos que, en la práctica, vivan su fe de esa manera.
Pero ésa no es la formulación más seria ni históricamente representativa de sola Scriptura.
Y si voy a cuestionar una doctrina protestante, no me interesa derrotar la versión más fácil de derrotar.
Me interesa entender la mejor versión del argumento.
Porque de nada sirve demostrar que una postura es falsa si la persona con quien estamos dialogando puede responder:
“Pero eso no es lo que yo creo.”
Lo que sola Scriptura realmente afirma
El protestantismo histórico no necesariamente niega toda autoridad fuera de la Biblia.
Un protestante puede tener pastores.
Puede aprender de teólogos.
Puede consultar a los Padres de la Iglesia.
Puede respetar concilios.
Puede recitar credos antiguos.
Puede valorar profundamente la historia y la tradición cristianas.
La diferencia está en qué clase de autoridad poseen todas esas cosas.
En una formulación clásica de sola Scriptura, la Escritura funciona como la única regla infalible de fe.
Las demás autoridades pueden ser reales.
Pueden ser importantes.
Pueden incluso merecer obediencia dentro de su ámbito.
Pero siguen siendo falibles y, por lo tanto, corregibles por la Escritura.
Ésa es la postura que tenemos que examinar.
No:
“¿Los protestantes creen que sólo existe la Biblia?”
Obviamente no.
La pregunta real es:
¿Quiso Cristo que la Escritura funcionara como la única regla infalible de la fe cristiana?
Y ésa es una pregunta mucho más seria. Tu manuscrito hace exactamente esta distinción antes de comenzar a evaluar la doctrina.
La postura católica tampoco es “Biblia contra Tradición”
Aquí necesitamos eliminar otra caricatura.
Esta vez, la nuestra.
A veces el desacuerdo se presenta como si existieran dos modelos:
Protestante: Biblia.
Católico: Biblia + un montón de tradiciones humanas.
😂
Ésa tampoco es una descripción adecuada.
El catolicismo distingue entre Sagrada Escritura, Sagrada Tradición y Magisterio, pero no los entiende como tres revelaciones independientes compitiendo entre sí.
La Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición pertenecen al único depósito de la fe confiado a la Iglesia, mientras que el Magisterio tiene la responsabilidad de custodiarlo e interpretarlo auténticamente.
Y hay una precisión particularmente importante:
el Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios.
Está a su servicio.
Por eso la afirmación católica no es:
“La Iglesia puede inventar doctrinas y colocarlas por encima de la Biblia.”
La afirmación es que Cristo confió la Revelación a los apóstoles; que esa fe apostólica fue transmitida de forma escrita y oral; y que la Iglesia recibió una autoridad docente para custodiar e interpretar fielmente aquello que le fue entregado.
Una persona puede rechazar ese modelo.
Pero tiene que rechazar el modelo que el catolicismo realmente afirma.
Exactamente la misma cortesía intelectual que acabamos de conceder a sola Scriptura.
¿Es suficiente la Escritura?
Aquí tenemos que hacer otra distinción.
Los católicos afirmamos que la Escritura es inspirada.
Afirmamos que posee autoridad divina.
Afirmamos que es Palabra de Dios.
La discusión no es si la Escritura es importante o si contiene verdad suficiente para conducirnos a Cristo.
La pregunta es qué significa exactamente hablar de su suficiencia.
Podemos preguntar:
¿Las doctrinas cristianas pueden encontrarse explícita o implícitamente en la Escritura?
Y podemos preguntar:
¿La propia Escritura enseña que ella debe funcionar como la única autoridad infalible de la Iglesia?
No son exactamente la misma pregunta.
La segunda es la que necesitamos examinar si queremos evaluar sola Scriptura.
“Toda Escritura es inspirada por Dios”
Aquí aparece probablemente uno de los textos más importantes de toda esta conversación:
2 Timoteo 3:16–17.
Pablo enseña que toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, reprender, corregir e instruir, de modo que el hombre de Dios esté preparado para toda buena obra.
Es una afirmación extraordinariamente fuerte acerca de la Escritura.
Y los católicos no tenemos ninguna razón para debilitarla.
La Escritura es inspirada por Dios.
Enseña.
Corrige.
Forma.
Instruye.
Equipa al cristiano.
La pregunta es si Pablo también está afirmando aquí:
“Por lo tanto, ninguna otra autoridad infalible existe dentro de la fe cristiana.”
Eso no aparece explícitamente en el texto.
Tiene que ser inferido.
Y aquí vuelve a servirnos el método que establecimos desde el principio.
¿Qué dice el texto?
La Escritura es inspirada y equipa al hombre de Dios para toda buena obra.
¿Qué conclusión adicional se propone?
La Escritura es, por lo tanto, la única regla infalible de fe.
Es posible argumentar que una afirmación conduce a la otra.
Pero no podemos fingir que son lingüísticamente idénticas.
Y hay otro detalle contextual importante.
Justo antes, Pablo le recuerda a Timoteo que conoce las Sagradas Escrituras desde su infancia.
El Nuevo Testamento completo que nosotros conocemos no existía durante la infancia de Timoteo.
Como mínimo, el contexto inmediato incluye las Escrituras que Timoteo había conocido desde pequeño: las Escrituras de Israel.
Eso no significa que las palabras de Pablo dejen de aplicarse a los escritos del Nuevo Testamento reconocidos como Escritura.
Significa simplemente que debemos tener cuidado antes de leer 2 Timoteo 3 como si Pablo estuviera señalando un Nuevo Testamento de veintisiete libros ya terminado y diciendo:
“Ésta será la única regla infalible del cristianismo.”
Eso no es lo que el pasaje dice explícitamente.
Suficiente no significa necesariamente solitaria
También existe una cuestión lógica.
Que algo sea suficiente para alcanzar determinado fin no significa necesariamente que sea lo único que Dios haya provisto para ese fin.
La Escritura puede ser capaz de formar, instruir y equipar completamente al cristiano sin que de esa afirmación se desprenda automáticamente que Dios no haya establecido también maestros, pastores, una Iglesia o una autoridad apostólica.
El punto no es jugar con la palabra suficiente.
Es reconocer que un lenguaje bíblico muy fuerte acerca de la eficacia de algo no demuestra automáticamente su exclusividad.
Si sola Scriptura es verdadera, entonces el argumento tiene que ser más amplio que una sola palabra de 2 Timoteo.
Y los defensores serios de sola Scriptura lo saben.
Por eso nosotros también debemos tratar la cuestión con esa seriedad.
“¿Pero Jesús no condenó la tradición?”
Aquí aparece otra objeción muy común.
En Marcos 7, Jesús reprende a los fariseos porque abandonan el mandamiento de Dios para aferrarse a tradiciones humanas. Incluso los acusa de invalidar la Palabra de Dios por medio de su tradición.
Esa advertencia debería incomodar a todo cristiano.
También al católico.
Una costumbre no se vuelve santa simplemente porque sea antigua.
Una práctica religiosa puede oscurecer un mandamiento de Dios.
Una institución puede aferrarse a hábitos humanos que necesitan reforma.
Los católicos no tenemos derecho a leer Marcos 7 pensando:
Ah, qué bueno que Jesús solamente estaba hablando de la religión de otras personas.
😂
Pero observemos qué condena Jesús.
No condena toda tradición por definición.
Condena una tradición humana que contradice el mandamiento de Dios.
Y esa diferencia se vuelve inevitable cuando llegamos nuevamente a san Pablo:
“Manténganse firmes y conserven las tradiciones que les enseñamos, sea de palabra o por carta nuestra.”
— 2 Tesalonicenses 2:15
Si la palabra tradición describiera automáticamente algo contrario al cristianismo bíblico, Pablo difícilmente podría ordenar a los cristianos que conservaran tradiciones apostólicas.
El Nuevo Testamento, entonces, nos obliga a distinguir al menos entre:
tradiciones humanas que pueden apartarnos de la voluntad de Dios
y
enseñanza apostólica que debe ser conservada.
La conversación ya no puede reducirse a:
Biblia = buena.
Tradición = mala.
La pregunta real es mucho más difícil:
¿Puede una enseñanza auténticamente apostólica ser transmitida fuera del texto bíblico y, si puede, cómo sabemos cuál es?
Ahora sí tenemos un problema digno de investigación.
“Sea de palabra o por carta”
Vale la pena detenernos un poco más en 2 Tesalonicenses 2:15.
Pablo no dice:
Conserven temporalmente lo que les enseñamos oralmente hasta que terminemos de escribir el Nuevo Testamento.
Les dice que permanezcan firmes y conserven aquello que recibieron de palabra o por carta.
Y encontramos algo parecido en 2 Timoteo 2:2, cuando Pablo le dice a Timoteo que aquello que ha oído de él delante de muchos testigos debe confiarlo a hombres fieles capaces de enseñar también a otros.
Miren el movimiento:
Pablo → Timoteo → hombres fieles → otros.
Eso es transmisión.
Y el contenido del que habla Pablo en ese pasaje es algo que Timoteo oyó.
Otra vez, esto no demuestra que podamos tomar cualquier práctica católica posterior y trazar una línea sencilla hasta una frase pronunciada por Pablo.
Sería pedirle demasiado al texto.
Pero sí hace difícil sostener que la enseñanza apostólica fue concebida desde el principio como algo que existiría exclusivamente en forma escrita.
La Iglesia apostólica vivía dentro de una realidad más amplia:
Escritura.
Predicación.
Enseñanza.
Culto.
Autoridad eclesial.
Y entonces regresa la pregunta:
¿Quién custodia esa enseñanza después de la muerte de los apóstoles?
La Iglesia también aparece en la Biblia
Si la intención de Cristo hubiera sido que la Escritura funcionara como la única autoridad infalible del cristianismo, sería razonable preguntarnos cómo describe el propio Nuevo Testamento la autoridad doctrinal.
Y encontramos textos que, por lo menos, necesitan una explicación.
San Pablo llama a la Iglesia:
“la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.”
— 1 Timoteo 3:15
Pablo no dice que la Iglesia invente la verdad.
No dice que cada líder cristiano sea incapaz de equivocarse.
Y tampoco está disminuyendo la autoridad de la Escritura.
Pero sí atribuye a la Iglesia una función extraordinariamente seria:
columna y fundamento de la verdad.
Ese lenguaje también tiene que formar parte de nuestra teología de la autoridad.
No podemos construir una doctrina bíblica de la autoridad utilizando únicamente los versículos que hablan de la Escritura y después ignorar los que hablan de la Iglesia.
El modelo católico intenta mantener esas realidades juntas:
La Escritura es inspirada.
La enseñanza apostólica se transmite por escrito y oralmente.
La Iglesia es columna y fundamento de la verdad.
Cristo concede autoridad real a Sus apóstoles.
Y las controversias doctrinales son resueltas dentro de una Iglesia visible.
La pregunta es si esas piezas realmente encajan de la manera en que el catolicismo afirma.
“Díselo a la Iglesia”
Mateo 18 nos ofrece otra pieza.
Jesús describe qué debe suceder cuando un hermano peca.
Primero se habla con él personalmente.
Después se llevan testigos.
Y si todavía se niega a escuchar:
“Díselo a la Iglesia.”
Si tampoco escucha a la Iglesia, Jesús dice que sea considerado como gentil y publicano.
Inmediatamente después aparece el lenguaje de atar y desatar.
Sea cual sea el alcance completo de ese pasaje, la Iglesia que aparece ahí no parece tener una función meramente decorativa o consultiva.
Existe un juicio.
Y ese juicio tiene consecuencias.
Otra vez:
Mateo 18 no contiene todo el Magisterio católico desarrollado en tres versículos.
No necesitamos fingir que sí.
Pero cuando colocamos este texto junto a Hechos 15, 1 Timoteo 3:15 y los pasajes acerca de la autoridad apostólica, comienza a aparecer un patrón que merece ser investigado.
El Nuevo Testamento nos da la Escritura.
Pero también nos presenta una Iglesia que enseña, juzga, transmite y resuelve controversias.
Por eso la pregunta católica a sola Scriptura no es:
“¿Por qué amas tanto la Biblia?”
Nosotros también la amamos.
La pregunta es:
¿Dónde nos enseña la Escritura que debemos eliminar cualquier otra autoridad infalible de la estructura que Cristo dejó a Su Iglesia?
Ésa es la afirmación que todavía necesita demostrarse.
Volvamos a Hechos 15
Ahora que hemos definido sola Scriptura, vale la pena regresar a Hechos 15.
La controversia era sobre la circuncisión y la salvación.
Y quienes defendían la circuncisión no habían inventado una práctica pagana.
Podían apelar al pacto de Génesis 17.
Dios había ordenado la circuncisión.
Así que imaginemos la dificultad para los primeros cristianos.
Los gentiles están entrando al pueblo de Dios.
Dios ordenó la circuncisión.
Entonces:
¿tienen que circuncidarse?
¿Cómo se resuelve?
La Iglesia se reúne.
Hay discusión.
Pedro habla.
Pablo y Bernabé cuentan lo que Dios ha hecho entre los gentiles.
Santiago interviene e interpreta la situación a la luz de la Escritura.
Se llega a una decisión.
Después, los apóstoles y ancianos comunican esa decisión a las iglesias.
Y Hechos 16 nos dice que Pablo y Timoteo recorrieron las ciudades entregando las decisiones tomadas en Jerusalén para que fueran observadas.
Es difícil describir esto sencillamente como:
“Cada cristiano leyó la Biblia y decidió cuál interpretación le parecía más convincente.”
La Escritura está presente.
La interpretación está presente.
El testimonio está presente.
El Espíritu Santo está presente.
Y también está presente la autoridad eclesial.
No parecen estar compitiendo entre sí.
Están funcionando juntas.
¿Hechos 15 demuestra el catolicismo?
No.
Y quiero decirlo así de claro.
Hechos 15, por sí solo, no demuestra el catolicismo romano.
No explica todo acerca de los futuros concilios ecuménicos.
No explica la infalibilidad papal.
No ofrece una teología completa de la sucesión episcopal.
Pero también sería intelectualmente deshonesto exigir que cada pasaje bíblico contenga una doctrina completamente desarrollada antes de permitirle formar parte de un argumento acumulativo.
La teología cristiana funciona así constantemente.
La Trinidad no aparece desarrollada completamente en un solo versículo.
La unión de la naturaleza humana y divina de Cristo tampoco.
El propio canon bíblico no aparece en una lista inspirada dentro de un solo texto.
Entonces la pregunta correcta no es:
“¿Dónde está el Catecismo completo en Hechos 15?”
😂
La pregunta es:
¿Qué clase de Iglesia nos muestra realmente Hechos 15?
Y, como mínimo, nos muestra una Iglesia capaz de emitir un juicio vinculante frente a una controversia doctrinal grave.
Eso forma parte de la evidencia.
Ahora podemos definir mejor el verdadero desacuerdo
Después de todo esto, la diferencia entre el modelo católico y el protestante empieza a verse con mucha más precisión.
No es:
Católico: La Biblia no importa.
Protestante: La Biblia importa.
Tampoco es:
Católico: Tradición.
Protestante: Cero tradición.
La diferencia está en la estructura de la autoridad cristiana.
En términos generales, el modelo protestante clásico sostiene:
La Escritura es la única regla infalible de fe. La Iglesia posee una autoridad real pero falible y permanece siempre sujeta a corrección por la Escritura.
El modelo católico sostiene:
Cristo confió a Su Iglesia un único depósito apostólico de la fe, transmitido por la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición, y estableció una autoridad docente encargada de custodiarlo e interpretarlo auténticamente.
Ahora sí tenemos dos posiciones que vale la pena comparar.
Y observen algo importante:
Ambas quieren ser fieles a Cristo.
Ambas quieren ser fieles a la Escritura.
Ambas reconocen que los seres humanos pueden equivocarse.
Ambas necesitan interpretar.
Por eso la pregunta decisiva se vuelve:
¿Qué modelo de autoridad estableció realmente Cristo?
Y tarde o temprano, esa pregunta nos lleva a un hombre llamado Simón.
“Tú eres Pedro”
Mateo 16:13–19 es uno de los textos más discutidos en la historia del cristianismo.
Jesús pregunta a Sus discípulos quién dice la gente que es el Hijo del Hombre.
Ellos ofrecen distintas respuestas.
Después Jesús les pregunta:
“Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?”
Simón responde:
“Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo.”
Jesús lo declara bienaventurado y le dice que aquello no se lo reveló la carne ni la sangre, sino Su Padre celestial.
Y entonces llegan las palabras famosas:
“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…”
Después:
“Te daré las llaves del Reino de los Cielos…”
y aparece nuevamente el lenguaje de atar y desatar.
Aquí hay muchísimo que examinar.
Y precisamente porque católicos y protestantes llevan siglos discutiendo prácticamente cada palabra del pasaje, no quiero tratarlo como si fuera un argumento de tres líneas.
Pero antes incluso de discutir qué significa Pedro, hay algo más básico que debemos notar.
Cristo dice:
“Edificaré mi Iglesia.”
El cristianismo que aparece aquí es eclesial.
Cristo no describe solamente un conjunto de individuos aislados leyendo textos sagrados.
Establece una Iglesia.
Y el resto del Nuevo Testamento nos muestra esa Iglesia con líderes, disciplina, enseñanza, misión y autoridad.
La piedra, las llaves… y un argumento que todavía no hemos terminado
Los católicos, por supuesto, vemos mucho más en Mateo 16.
Simón recibe un nombre nuevo.
Pedro aparece relacionado con la piedra sobre la que Cristo edifica Su Iglesia.
Recibe personalmente las llaves del Reino de los Cielos.
Y recibe autoridad para atar y desatar.
La lectura católica entiende esos elementos de manera acumulativa como evidencia de una función petrina particular.
Los protestantes han ofrecido diferentes interpretaciones: que la piedra es la confesión de Pedro, su fe, Cristo mismo, Pedro como fundamento apostólico sin que eso implique necesariamente sucesión, o distintas combinaciones de estas posibilidades.
Esas interpretaciones merecen ser examinadas seriamente.
Y también merece ser examinado otro elemento del argumento católico:
Isaías 22.
No, Isaías no dice:
“Y entonces llegará el Papa.”
😂
El argumento es tipológico.
En Isaías encontramos un oficio dentro del reino davídico asociado con autoridad delegada y con una llave:
“Pondré sobre su hombro la llave de la casa de David; abrirá y nadie cerrará, cerrará y nadie abrirá.”
— Isaías 22:22
Después, Jesús —el Mesías davídico— entrega a Pedro las llaves del Reino.
¿Está utilizando deliberadamente una imagen relacionada con el mayordomo real del reino davídico?
Si es así, ¿qué demuestra?
¿Cuánto podemos legítimamente inferir?
¿Una función particular de Pedro dentro de la Iglesia apostólica implica también sucesión?
Ésos son exactamente los tipos de preguntas que tenemos que hacer.
Pero todavía no hemos terminado de construir el método con el que vamos a responderlas.
Antes de discernir, tenemos que saber qué es discernir
Es fácil decir:
“Hay que probarlo todo.”
Estoy de acuerdo.
Pero:
¿probarlo contra qué?
¿La Escritura?
Absolutamente.
Entonces, cuando dos interpretaciones de esa Escritura entran en conflicto, ¿cómo determinamos cuál es correcta?
¿La historia?
También.
Pero ¿qué clase de evidencia histórica estamos utilizando? ¿Qué puede demostrar y qué no?
¿La Iglesia?
Entonces tenemos que preguntar cuál Iglesia y por qué posee autoridad.
¿El Espíritu Santo?
Por supuesto.
Pero entonces regresamos a una pregunta que ya encontramos al principio:
¿Cómo distingue un ser humano falible entre la guía auténtica del Espíritu Santo y una convicción sincera pero equivocada?
Estas preguntas no son una distracción del debate apologético.
Son el debate apologético.
Porque si no contamos con una manera coherente de responderlas, todo lo que sigue corre el riesgo de convertirse exactamente en aquello que queríamos evitar:
Mi interpretación contra la tuya.
Mi discernimiento contra el tuyo.
Mi colección de versículos contra la tuya.
Y quien suene más seguro termina adjudicándose el derecho de llamar al otro “antibíblico.”
Eso no basta.
Por eso aquí quiero detener esta primera entrega.
No con una victoria.
Con una pregunta:
Cuando digo que he “discernido” lo que significa la Escritura, ¿cómo sé que realmente he escuchado a Dios y no simplemente a mí misma hablando con mucha convicción?
Porque toda esta respuesta depende de esa distinción.
La investigación continúa
Ésta es solamente la primera entrega de Parte I — ¿Quién tiene derecho a definir el “cristianismo bíblico”?
Hasta aquí hemos examinado qué sucede cuando cristianos sinceros interpretan la misma Escritura de maneras distintas; cómo llegó la Iglesia a reconocer el canon bíblico; qué afirma realmente sola Scriptura; y si el Nuevo Testamento presenta la autoridad cristiana como la Escritura aislada de la Iglesia o dentro de la vida de una Iglesia visible.
Pero debajo de todo esto permanece una pregunta:
¿Cómo discernimos lo que realmente es verdad?
En la segunda entrega entraremos precisamente ahí: qué significa probar los espíritus, cómo distinguir la convicción personal de la autoridad divina y qué criterios podemos utilizar para evaluar una interpretación que afirma venir de Dios.
Y desde ahí podremos continuar hacia la cuestión de Pedro, las llaves y la autoridad en la Iglesia.
Porque antes de evaluar afirmaciones sobre María, apariciones, idolatría o engaño espiritual, necesitamos saber cómo determina un cristiano que una interpretación realmente viene de Dios y no simplemente que la cree con absoluta sinceridad.
Parte I continúa en la Entrega 2.
Notas de investigación y bibliografía
Si quieres examinar por tu cuenta las fuentes detrás de este proyecto, reuní en un documento aparte los principales pasajes bíblicos, fuentes católicas primarias, testimonios de los primeros cristianos y referencias históricas utilizadas durante la investigación de la Parte I.
Las fuentes adicionales utilizadas específicamente para ampliar esta edición escrita se encuentran citadas dentro del artículo.
Cuaderno de Estudio
¿Quieres examinar estas preguntas por ti mismo?
El Cuaderno de Estudio de Razón en Voz Baja está diseñado para hacer algo diferente: no darte una lista de respuestas que memorizar, sino ayudarte a detenerte frente a los textos, distinguir entre Escritura e interpretación, examinar los pasos de un argumento, representar justamente la postura del otro y preguntarte qué evidencia podría corregir incluso aquello que ya crees.
Porque estudiar apologética no debería enseñarnos solamente a defender nuestras convicciones.
También debería enseñarnos a examinarlas.
Una última reflexión
Si terminas esta entrega con más preguntas de las que tenías cuando comenzaste, está bien.
No creo que la fe deba tenerle miedo a las preguntas difíciles. Y tampoco creo que la apologética deba convertirse en una colección de argumentos que guardamos para asegurarnos de que el otro pierda.
Hay una pregunta mucho más incómoda —y quizá mucho más cristiana— que quiero llevar conmigo:
¿Quiero la verdad lo suficiente como para permitir que también me corrija a mí?
Ésa es la disposición con la que quiero entrar en la siguiente entrega y, en realidad, en cada conversación que tengamos dentro de Razón en Voz Baja.
Sigamos cerca de Cristo.
Y sigamos buscando juntos.
— Ollinka
La conversación continúa más allá de esta página.
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