4 min read

Entre Mi Papá, San José y los Hombres que Permanecen

Convertirme en mamá cambió mi forma de ver a los padres. Esta reflexión es sobre la presencia silenciosa, la fidelidad cotidiana y los hombres que permanecen cuando nadie está mirando.
Entre Mi Papá, San José y los Hombres que Permanecen

Hace unos meses escribí una reflexión para el Día de las Madres. Y mientras preparaba este especial para el Día del Padre, me di cuenta de algo que no había esperado.

Convertirme en mamá no solamente cambió la forma en que veo a las madres.

También cambió profundamente la forma en que veo a los padres.

Porque una cosa es crecer siendo hija.

Y otra muy distinta es convertirse en madre.

Cuando eres hija, observas la paternidad desde una dirección. Desde tu propia experiencia. Desde tus recuerdos. Desde aquello que recibiste, aquello que agradeces y aquello que quizá todavía estás aprendiendo a comprender.

Pero cuando tienes un hijo, algo cambia.

De pronto comienzas a mirar la paternidad desde dos lugares al mismo tiempo.

Hacia atrás.

Y hacia adelante.

Hacia el padre que tuviste.

Y hacia el hombre que esperas que tu hijo llegue a ser.

Y honestamente, esa nueva perspectiva me ha hecho reflexionar mucho sobre algo que antes no apreciaba de la misma manera: la presencia.

Vivimos en una cultura que suele hablar de los grandes momentos.

Las conversaciones importantes.

Las decisiones memorables.

Los logros extraordinarios.

Y claro que todo eso tiene valor.

Pero mientras más avanzo en la maternidad, más convencida estoy de que la vida rara vez se construye alrededor de los momentos extraordinarios.

La vida se construye alrededor de algo mucho más silencioso.

La presencia.

Estar.

Volver.

Permanecer.

Porque los hijos quizá no recuerden cada consejo.

No recordarán cada preocupación silenciosa.

No recordarán cada sacrificio oculto.

Pero sí suelen recordar algo mucho más profundo.

Recuerdan quién estuvo.

Quién regresó.

Quién permaneció.

Y desde que me convertí en mamá, esa palabra tiene un peso completamente distinto para mí.

Permanecer.

Porque permanecer parece sencillo hasta que intentas hacerlo.

Requiere constancia.

Requiere responsabilidad.

Requiere aparecer una y otra vez cuando nadie está mirando.

Cuando nadie está aplaudiendo.

Cuando estás cansado.

Cuando sería más fácil pensar en otra cosa.

Permanecer no siempre es espectacular.

Muchas veces es profundamente ordinario.

Y quizá precisamente por eso tiene tanto valor.

Porque algunas de las formas más importantes del amor rara vez se sienten extraordinarias mientras las estamos viviendo.

Solo entendemos su importancia cuando faltan.

Y mientras pensaba en todo esto, inevitablemente llegué a San José.

Porque si existe una figura que representa la presencia silenciosa, es él.

José no dejó discursos.

No dejó sermones.

No dejó palabras registradas en los Evangelios.

Y sin embargo, su presencia cambió la historia.

Protegió.

Escuchó.

Obedeció.

Proveyó.

Permaneció.

Y encuentro algo profundamente hermoso en eso.

Porque vivimos en una época que muchas veces confunde importancia con visibilidad.

Pero José nos recuerda que algunas de las contribuciones más importantes ocurren lejos del escenario.

En la fidelidad diaria.

En la responsabilidad.

En el sí repetido una y otra vez.

Quizá por eso tantas personas encuentran consuelo en él.

Porque José demuestra que no hace falta ser espectacular para ser profundamente significativo.

A veces basta con permanecer.

Y quizá aquí es donde esta reflexión se vuelve especialmente personal para mí.

Porque ahora tengo un hijo.

Todavía es pequeño.

Todavía corre por la casa con esa energía inagotable que parece venir de otro planeta.

Todavía se queda dormido abrazado a mí algunas noches.

Pero también sé algo.

No se quedará pequeño para siempre.

Algún día será un hombre.

Y hay momentos en los que esa realidad me conmueve profundamente.

Porque cuando miro a Augustus, ya no veo solamente al niño que es hoy.

A veces también veo al hombre que podría llegar a ser.

Y entonces aparecen preguntas que nunca antes me había hecho.

¿Qué tipo de hombre será?

¿Qué valores llevará dentro de sí?

¿Cómo tratará a las personas que ame?

¿Cómo responderá cuando la vida le exija sacrificio?

¿Cómo actuará cuando tenga que elegir entre lo fácil y lo correcto?

Y quizá la pregunta que más me acompaña últimamente es esta:

¿Qué significa convertirse en un hombre que permanece?

Porque mientras más crezco, menos convencida estoy de que las cualidades más importantes de una persona sean aquellas que el mundo suele celebrar.

La fidelidad.

La integridad.

La responsabilidad.

La capacidad de sostener compromisos cuando ya no son emocionantes.

La capacidad de quedarse cuando quedarse requiere sacrificio.

Esas cosas rara vez aparecen en un currículum.

Pero construyen vidas.

Construyen matrimonios.

Construyen familias.

Construyen comunidades.

Y honestamente, son las cosas que más deseo para mi hijo.

No que sea famoso.

No que impresione a otras personas.

No que acumule reconocimiento.

Sino que sea bueno.

Que tenga un corazón noble.

Que aprenda a amar con responsabilidad.

Que entienda que el amor verdadero no vive solamente en los sentimientos.

También vive en las decisiones.

En la constancia.

En la presencia.

Y en permanecer.

Quizá por eso este Día del Padre se siente distinto para mí.

Porque ya no estoy pensando únicamente en los padres del pasado.

También estoy pensando en los padres del futuro.

Y de pronto la paternidad deja de sentirse como una idea abstracta.

Porque ahora tiene un rostro.

Tiene una sonrisa.

Tiene una voz.

Tiene el nombre de mi hijo.

Y eso me llena de gratitud.

Gratitud por mi papá.

Gratitud por los hombres que permanecieron en mi vida.

Gratitud por los hombres que sostienen a sus familias muchas veces sin reconocimiento.

Por los que siguen apareciendo.

Por los que siguen cargando responsabilidades silenciosas.

Por los que aman de maneras que rara vez hacen ruido.

Porque algunas de las formas más importantes del amor no son las más visibles.

Son las más constantes.

Y quizá esa sea una de las lecciones más hermosas que la maternidad me ha regalado.

Que el amor no siempre se parece a algo espectacular.

A veces se parece simplemente a estar.

A sostener.

A quedarse.

Y a volver mañana para hacerlo una vez más.

Feliz Día del Padre.


Si quieres seguir orando con esta reflexión

Mateo 1–2
La presencia silenciosa y fiel de San José.

Lucas 2:51–52
Jesús creciendo dentro de la vida ordinaria de la Sagrada Familia.

Josué 24:15
"Yo y mi casa serviremos al Señor."

1 Corintios 16:13–14
"Manténganse firmes en la fe... hagan todo con amor."