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Cuando la Misericordia Se Siente Severa

Solemos imaginar la misericordia como consuelo. Pero ¿y si la misericordia es más grande que el consuelo? Al reflexionar sobre 1 Corintios 5:5, me encontré frente a una posibilidad incómoda: que a veces el amor no intenta protegernos de la realidad, sino despertarnos a ella.
Cuando la Misericordia Se Siente Severa

Hay pasajes de la Escritura que parecen abrirse por sí solos. Nos consuelan, nos animan y encajan fácilmente dentro de la imagen de Dios que ya llevamos en el corazón.

Pero hay otros que hacen algo muy distinto.

Nos interrumpen.

Nos incomodan.

Nos obligan a cuestionar cosas que ni siquiera sabíamos que estábamos asumiendo.

Y de vez en cuando aparece un versículo que nos hace detenernos a mitad de la lectura y pensar:

"A ver, Pablo... ¿qué acabas de decir?"

1 Corintios 5:5 fue uno de esos versículos para mí.

No porque no entendiera las palabras. En cierto sentido, las palabras eran bastante claras. Lo que me inquietó fue lo que parecía esconderse detrás de ellas.

Porque cuando escuchamos la palabra misericordia, la mayoría de nosotros pensamos inmediatamente en consuelo. En alivio. En rescate. Pensamos en Dios acercándose para suavizar el golpe, aliviar el dolor o hacernos más llevadero aquello que estamos atravesando.

Por eso este pasaje resulta tan desconcertante.

A primera vista parece duro. Incluso severo. Y si soy completamente honesta, al principio me costó reconciliarlo con la misericordia que vemos en Cristo.

Sin embargo, mientras más tiempo pasaba reflexionando sobre él, más me daba cuenta de algo inesperado:

Mi incomodidad no tenía tanto que ver con Pablo.

Tenía que ver con la misericordia.

O más bien, con la versión de la misericordia que yo prefiero.

La misericordia que consuela sin confrontar.

La misericordia que rescata sin transformar.

La misericordia que elimina las consecuencias sin tocar las ilusiones que las produjeron.

Y quizá por eso este pasaje siguió rondando mi mente mucho después de cerrar la Biblia.

Porque me obligó a hacerme una pregunta incómoda:

¿Y si la misericordia es más grande que el consuelo?

¿Qué pasa si la misericordia no tiene como objetivo principal hacernos sentir mejor?

¿Y si su objetivo es hacernos completos?

Porque esas dos cosas no siempre son lo mismo.

Con los años he empezado a notar cuánto sufrimiento humano está relacionado con las ilusiones que construimos.

La ilusión de que tenemos el control absoluto.

La ilusión de que nuestras decisiones no tienen consecuencias.

La ilusión de que podemos ignorar la realidad indefinidamente sin que nada ocurra.

Y quizá la más peligrosa de todas:

La idea de que amar a alguien significa protegerlo de toda verdad incómoda.

Pero la Escritura parece desafiar constantemente esa idea.

No porque Dios disfrute el sufrimiento.

No porque el dolor sea bueno en sí mismo.

Y mucho menos porque las consecuencias sean algo que debamos celebrar.

Sino porque Dios parece estar profundamente comprometido con la verdad.

Y la verdad, a veces, resulta incómoda.

A veces incluso dolorosa.

Mientras reflexionaba sobre este pasaje, me encontré regresando una y otra vez a la parábola del hijo pródigo.

Hay algo profundamente interesante en la forma en que el padre ama a su hijo.

Porque lo deja ir.

No lo obliga a quedarse.

No lo manipula.

No controla sus decisiones.

Y tampoco impide todas las consecuencias que vienen después.

Con el tiempo, el hijo termina hambriento, roto y enfrentándose cara a cara con una realidad que llevaba mucho tiempo evitando. Y, sin embargo, hay algo que nunca desaparece de la historia: el amor del padre.

Las consecuencias permanecen.

Pero el amor también.

Y creo que esa distinción es más importante de lo que solemos reconocer.

Muchas veces asumimos que el amor y las consecuencias son opuestos. Como si la presencia de uno necesariamente significara la ausencia del otro. Como si amar a alguien implicara rescatarlo de cada error, suavizar cada caída o impedir cualquier experiencia dolorosa.

Pero la parábola parece sugerir algo mucho más complejo.

Y mucho más incómodo.

El amor no siempre rescata.

A veces espera.

A veces advierte.

A veces llama.

Y a veces permite que la realidad misma se convierta en maestra.

Confieso que esa idea me incomoda.

Porque si soy honesta, muchas veces prefiero el alivio a la transformación.

Prefiero que Dios elimine el malestar sin tocar aquello que lo produce.

Prefiero la paz sin rendición.

La sanación sin honestidad.

El consuelo sin conversión.

Y quizá por eso este pasaje me sigue desafiando.

Porque poco a poco dejé de verlo como una invitación al castigo y empecé a verlo como una llamada al despertar.

Cuando Pablo escribe estas palabras, su preocupación no parece ser la destrucción de una persona.

Su preocupación es su salvación.

No está buscando condenar.

Está buscando restaurar.

No está celebrando una caída.

Está esperando una conversión.

Y esa diferencia cambia completamente la forma en que leemos el texto.

Porque el objetivo no es el colapso de la persona.

El objetivo es el colapso de la ilusión.

Y cuanto más pienso en eso, más me pregunto cuántas veces he pedido misericordia cuando en realidad estaba pidiendo comodidad.

Cuántas veces he querido que Dios me rescate sin transformarme.

Cuántas veces he querido sentirme mejor sin tener que enfrentar aquello que necesita cambiar.

Tal vez una de las lecciones más difíciles de la vida espiritual es aceptar que el amor verdadero se preocupa demasiado por nosotros como para colaborar con nuestras ilusiones.

Y quizá eso es precisamente lo que hace que la misericordia de Dios sea tan desconcertante.

No porque sea menos misericordiosa de lo que imaginamos.

Sino porque es más profunda.

Más radical.

Más comprometida con nuestra sanación de lo que muchas veces estamos dispuestos a admitir.

Y quizá por eso esta reflexión me ha acompañado durante tanto tiempo.

Porque al final, la pregunta nunca fue realmente sobre Pablo.

Ni siquiera sobre este versículo en particular.

La pregunta era mucho más cercana.

Mucho más personal.

Era una pregunta sobre mí.

Sobre las veces en que he confundido misericordia con comodidad.

Sobre las veces en que he querido que Dios elimine el dolor sin tocar aquello que lo produce.

Sobre las veces en que he pedido paz cuando lo que realmente necesitaba era verdad.

Y creo que esa es una tentación profundamente humana.

Todos queremos sentirnos mejor.

Todos queremos alivio.

Todos queremos que las heridas cierren.

Pero la vida espiritual parece enseñarnos una y otra vez que la sanación auténtica y el alivio inmediato no siempre son la misma cosa.

A veces la misericordia de Dios se siente suave.

A veces se siente como consuelo.

A veces se siente como un abrazo.

Pero otras veces se siente como una luz encendida en una habitación que llevábamos demasiado tiempo manteniendo oscura.

Y aunque nuestros ojos tarden en acostumbrarse a esa luz, la oscuridad nunca fue lo que nos estaba sanando.

La verdad sí.

Por eso no creo que este pasaje nos invite a ver a Dios como severo.

Creo que nos invita a reconsiderar lo que entendemos por misericordia.

Porque quizá la misericordia no consiste únicamente en ser rescatados de nuestras consecuencias.

Quizá también consiste en ser despertados de nuestras ilusiones.

Y eso puede resultar incómodo.

Puede doler.

Puede confrontarnos.

Pero también puede ser el comienzo de algo profundamente bueno.

Después de pasar tiempo con este texto, sigo creyendo que Dios es misericordioso.

Quizá incluso más misericordioso de lo que pensaba al principio.

No porque ignore nuestras heridas.

No porque minimice nuestro dolor.

Sino porque nos ama demasiado como para dejarnos atrapados en aquello que nos destruye.

Y tal vez esa sea la pregunta que me deja este pasaje.

No:

¿Por qué Pablo es tan intenso?

Sino:

¿Dónde estoy confundiendo comodidad con misericordia?

Y quizá, más profundamente aún:

Abba, ¿hay algo en mí que insiste en permanecer dormido?


Si quieres profundizar en esta reflexión

1 Corintios 5:5
Lucas 15:11–32 (La parábola del hijo pródigo)
CIC 1427–1433 (Conversión del corazón)
Hebreos 12:5–11
Juan 8:31–32
• Reflexiona sobre esta pregunta: ¿Dónde estoy confundiendo comodidad con misericordia?


Algunas reflexiones se sienten distinto cuando se escuchan.

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